jueves, junio 02, 2005

Algunas ironías

El cojín de mamasita

Cuando a José María le dio por pasar de la adolescencia, ya había consumido tanto licor y cigarrillos que por sus venas no corrían glóbulos rojos, sino escombros del placer fermentado a la fuerza. Curtido en las maromas necesarias para entrar a la casa de sus padres antes de que el repartidor en motocicleta tirase el periódico del día, y sin hacer el menor ruido posible, había tomado la costumbre de ir al baño y desaguar el pajarito para que no se le ahogara con las decenas de cervezas que a bien, su cuerpo había podido guardar. Pero esa noche de fin de semana incrustada en agosto como por no dejar, la fermentación del lúpulo había hecho de las suyas y ahora no podía casi caminar y de milagro, tampoco se había estrellado ni guardando el auto en el estrecho garage o atropellado al perro en la maniobra. Como títere de cuerdas, trató de acomodarse frente al inodoro para hacer chicha, pero no pudo, así que se bajó los pantalones sin abrir la bragueta y se arrodilló y para que luego su mamasita no lo molestara por orinar como una regadera, supuso que sería mejor levantar la tapa y el biscocho del orinal y puso su adminículo sexual y excretor de líquidos a desaguar sobre la fría baldosa. Pero lo que no calculó fue que esa misma tarde en que él había salido para la universidad, su mamasita había colocado un cojín para disimular la fea tapa del inodoro, la cual, con su amortiguación impulsó en bajada la tapa y el biscocho convirtiéndose en una dolorosa guillotina de plástico blanco adornada con un cojín rosado de flores repugnantemente amarillas… No sobra anotar que los gritos de dolor de José María despertaron hasta a los vecinos y la deliciosa borrachera de que hasta ese momento.


Martín y las hermanitas

Martín siempre había sido un incrédulo o lo que se podría llamar un, borracho, cínico, inconsciente y para gusto propio, un buen hereje. Así que cuando uno de sus profesores le ofreció la oportunidad de ganarse unos pesos haciéndole un anteproyecto de grado a unas monjitas, la idea le fascinó… se vengaría de alguna manera de la manipulación dogmática, se dijo y de paso, se ganaría unos peso… nada podía ser mejor. Total, no se trataba sino de una tesis para graduarse de profesor de culicagados y era una pendejada; se tomaría una cerveza en honor a la fe en Chucho. Nunca Martín supo que carajos le dijo su profesor a las monjas, pero ellas llegaron muy contentas hasta el salón de clases donde normalmente él dormía sus borracheras sabatinas e hicieron trato. Al cavo de un mes de arduo trabajo por lo que sería un simple mínimo, él hizo a lo que se comprometió, pero las monjas querían más, así que él, de buen tipo, les colaboró otro poquito sin cobrarles de más. Otro mes pasó ayudándole a las monjitas a las cuales no se las podía quitar de encima ni a las seis de la mañana cuando salía para la universidad o del celular cuando en las noches de viernes se metía en el primer chuzo con cerveza a mil pesos. Ya mamado del acoso, e imaginándose perseguido por la moral insaciable de dos novias horrorosas y empelagozas, las citó en su propia casa, y les entregó el trabajo escrito hasta donde él se había comprometido en principio y sin la ayuda, para ver si las monjitas por fin aprendían algo diferente a recitar los mandamientos que no sabían cumplir. Las monjas le enseñaron un par de groserías que en su vocabulario de estudiante nunca había escuchado y hasta le condenaron a una eternidad en el infierno; el escándalo que armaron fue tan grande que hasta la policía llegó para calmar la situación que ya se había salido de las manos según los vecinos con ánimos de sapo y en la cual, estaban mancillando el honor de unas lindas monjitas.
Martín, en medio de las lágrimas de las monjitas y sus quejas a la autoridad, le explicó al sargento todo lo que había pasado en los dos meses anteriores. El sargento obligó a las monjas a pagar lo que les faltaba abonar por el trabajo y que no querían desembolsar ni por error y a Martín a entregar el disco donde reposaba casi la totalidad de la tesis y que solo le restaba ser impresa y le dijo, mientras las monjas se alejaban y en el típico tono de voz para ser escuchado a un par de cuadras a la redonda… “Muchacho, nunca hagas tratos con el diablo; es muy puerco”.

Oxíge-no

No todo el mundo en el campo colombiano gana poco dinero, ni tiene todo el tiempo copado en tratar de sacar adelante un pedazo de tierra, algunos cuentan con suerte y ese precisamente era el caso de Efraín Rodrigues. Efraín trabajaba en una hacienda a las afueras de la ciudad y como era el amansador de caballos de paso del “jefe” y el que le enseñaba a bailar a los caballitos de paso de unos cuantos ceros de más, se ganaba unos buenos pesos que él sabía gastar sin escrúpulos cada quincena en los prostíbulos de alrededor de la plaza de mercado en el centro de la ciudad y si por casualidades de la vida no podía, en los bingos y “casinos” que quedaban junto a la terminal de trasportes donde se podía tomar unas cuantas pocholas con uno que otro conocido. No podemos pensar en el viejo Efra como un despilfarrador o un botaratas, sino como en un muchacho muy alegre y sin mayores responsabilidades que ganaba muy bien para ese entonces, haciendo lo que más le gustaba, jugar con equinos.
Como en muchas oportunidades, la quincena le cayó preciso en fin de semana, así que se fue corriendo en el primer campero que salió de la hacienda en post de placer y con los bolsillos llenos. Al llegar a la zona ya descrita, se metió en el burdel más cotizado de la zona y pidió una “botellita de amarillo”, como las que compraba su jefe para celebrar un buen negocio. De inmediato se volvió el centro de atracción y las trabajadoras del consuelo masculino, no tardaron en llegar como chulos hambrientos. Como el mismo lo diría, caspió a las que se parecían a cualquier viejita que él pudiera ver en la calle y luego, a las que le parecieron “malos polvos” y finalmente a las que tenían un cuerpo muy normalito, él se merecía algo mejor. Así que cuando una rubia de senos estrambóticos, un culo que parecían dos, no pudo ni parpadear, cosa que la oxigenada “beldad” apreció como buen negocio y fue directo hacia él.
Tomaron licor de todos los olores, sabores, colores y precios hasta que se hartaron; luego pidieron de todo lo que podía ofrecer la reducida cocina del lupanar y a la final, él salió con la rubia rumbo a un almacén de ropa porque la pinta de la niña lo tenía cabriado y le bajaba la moral a cualquiera, según él podía apreciar; pero lo cierto era que ella estaba vestida como cualquier muchachita de veinte años que deseaba urgentemente llamar la atención del sexo opuesto, y nada más, por lo que en la calle, a plenas cinco de la tarde, la curiosa pareja pasó desapercibida a la multitud. Siendo sinceros, no parecían cliente y prestadora de servicios varios, sino una parejita de novios en todo el sentido de la palabra, ya que besito va, besito viene y miradas de complicidad, no dejaban espacio para otra cosa y el viejo Efra, ya como que empezaba a pensar en otras cosas, y quizá no por el efecto del licor, sino de las embelesante hormonas. Luego de dos largas horas de juegos, como el dermatólogo, fueron al grano y se introdujeron clandestinamente en una de las tantas residencias para viajeros que tanto le gustaban a él y que quedaban a la vuelta del prostíbulo del que había sacado a su nueva amiga. La ansiedad que dominaba cuerpo y mente de Efra, le hizo desnudarse de una vez, mientras su amiga poco a poco y al ritmo de una ranchera que sonaba a lo lejos, iba realizando un sensual baile en el que sus ropas iban volando por todas partes como confite salido de una piñata. Sin poderse resistir la empezó a acariciar hasta que se topó con algo que no debía (según el pensaba) estar allí: un enorme pene ya erecto se escurría de la tanga brasilera de su oxigenada amiga, mientras él, se volvía y tanteaba el sector para asegurarse de que lo que sentía era cierto y no una alucinación o brujería. La borrachera poco a poco se empezó a transformar en terror cuando por fin aceptó la realidad, estaba frente a un travesti al cual había besado desesperadamente hasta casi sacarle sangre de la lengua. Lo alejó de un empujón que si hubiese sido más fuerte, posiblemente le hubiese ahorrado muchos problemas, pero que aún resistiéndose a pensar los acontecimientos, no acertó a realizar. ¿Salir corriendo? No podía, estaba completamente desnudo; además, recordó que el dinero restante de la quincena estaba en su pantalón. ¿Pedir ayuda? Imposible, se burlarían de él; Efra era un macho y así seguiría siéndolo y para completar, el-ella, tenía en sus manos un revólver y le apuntaba directo a la cara. En el mismo tono de voz de mujer dulce, el-ella, le ordenó que diese la vuelta y se pusiera en cuatro, porque no se quedaría iniciado(a). Sintiendo la fría presión del acero que escupe pólvora, fue penetrado una y otra vez hasta que una baba caliente se deslizó por su ano como lágrimas de madre selva.


Amor… A mor… Am or

Una tarde de lunes tan calurosa que parecía que varillas ardientes entraran por la nariz, dos estudiantes caminaban por una céntrica avenida de su ciudad, cuando uno de ellos empezó a hablar de las virtudes excepcionales de su novia. Durante ocho calles seguidas no dejó el tema, hasta que terminó diciéndole a su amigo que el mes que venía, le propondría matrimonio. La describía como la más fiel de las mujeres, la más hermosa, la más inteligente, mejor dicho… la más, más…
Como necesitaban contactar a un profesor para poder cuadrar la fecha de un examen, entraron al centro comercial más afamado de la ciudad, pues allí tenía el docente su oficina. El enamorado, no dejó de hablar de su novia ni siquiera en el ascensor y con cara ponqué negoció la fecha del examen con su profesor el cual, sin contener su curiosidad indagó las razones de su felicidad y el muchacho emocionado le contó que pronto contraería nupcias.
Saliendo del centro comercial, al no enamorado, le llamó la atención una parejita que estaba a besándose con tal vehemencia que parecía que se iban a sacar sangre de la boca, así que le señaló a su amigo el simpático espectáculo callejero con lo cual, el enamorado se puso pálido y salió disparado con paso firme hacia la pareja. El amigo, no para quedarse atrás, sino por curiosidad, le siguió en silencio.
Cuando el enamorado llegó, saludó muy cortésmente, a la muchacha asustada trató explicar que aquello que acababa de ver no era nada, sino un simple abrazo, a lo cual el enamorado respondió disculpándola, sacó de su camisa un billete de muy baja denominación y se lo entregó a la nena del espectáculo y le dijo con la mayor sangre fría y sin siquiera subir un ápice el tono de su voz “Gracias por los servicios prestados”, le dio una palmadita en el hombro al muchacho que aún abrazaba a la que había sido la futura esposa suya y le dijo “Suerte”, se dio la vuelta, e hizo un ademán a su amigo para que se fueran de allí.El no enamorado no soportó la curiosidad y preguntó “¿Quién era esa?”, el enamorado contestó tranquilamente “Mi ex”.