lunes, febrero 28, 2005

El Acto De Vivir

No podemos desconocer, como estudiosos del Derecho ni bajo la simple perspectiva del sentido común, que el Derecho, no solo debería insistir en el pletórico y eterno pleonasmo supraretórico de las Políticas dogmáticas y exquisitamente malinterpretadas de lo que es el supuesto de poder Constitucional y bellamente delegado, del y en el sentido de Estado. El Doctor Luis Carlos Sáchica, en el ensayo “Derecho Y Vida”, lo expresa muy bien, cuando afirma que la dignidad del hombre es su bien supremo (más que la vida misma, porque vida sin dignidad no sirve de mucho), su pertenencia más preciada, y que por lo tanto, el derecho ha de seguir al desarrollo de la vida y no a la inversa.
Lo cierto es que la realidad objetiva del simple acto de vivir en las “democracias” nos demuestra que la utopía se encuentra subordinada al egoísmo, que el dueño de la tinta con la que se firmaron las Constituciones y que gracias a la evolución jurídica del Estado (En Latinoamérica, como es nuestro caso, pero en especial en Colombia) se ha descontextualizado al hombre como centro de su propio mundo, supeditándole a las necesidades de reproducción del mismo Estado, dejando de lado al verdadero centro del interés de existencia de ese monstruo político y burocrático que es el Estado.
En nuestra Colombia, suponemos que el Estado Social de Derecho, ha de ser la herramienta que tutele las libertades y exigibilidades jurídicas, pero no existe nada más alejado de la realidad y cerca de la hermosa prosa casi poética insertada en el Preámbulo de la Constitución Política de 1991.
Veamos, así, quien por casualidad o ingenuidad se acerca al texto de la Carta Magna, es indudable que se habrá de enamorar de ella, elevándole a los dominios de un Dios perdido que por imprevisión terminó diseñando la vida del prójimo en un papel y la dejó en Colombia, porque no había otro lugar mejor en el cosmos para dejarla. Dios perdido que no sería otro que el dulce Prometeo (aseguraría el soñador), del que nos dicen que ha sido condenado al padecimiento eterno gracias a su odisea generosa y personal, por llevar el fuego a los mortales. Cosa que al parecer también le sucedió a nuestro héroe de papel.
Pero lo cierto es que la Ley, el Estado, la Justicia y todas aquellas instituciones jurídicas, descontextualizan el estadio del ser humano, y se reproducen las unas a las otras mientras siguen contemplándose a si mismas, inmersas en un círculo vicio de poder por el simple acto de detentación de si él y sus artífices en el teatro de la falseada visión de lo que es la Democracia del Siglo XX expandiéndose lentamente hacia el nuevo milenio en el mismo juego de reptiles, cada vez más hambrientos y necesitados de público para las obras que ellos mismo han actuado una y otra vez desde la colonia y se sigue continuando en esta manida patria boba que nunca cesará de existir. Porque mala hierva nunca muere.
Curiosamente, parece (o de lo que se comprende de lo que dice) que el Doctor Sáchica en su ensayo “Derecho y Vida” alcanza en cierta medida a nombrarnos de forma tangencial de lo que realmente es racional mucho más allá de las instituciones que se supone son la máxima creación humana para economías saurianas y al mismo tiempo, nos hace intuir (en el mayor intento audaz del jurista sabio) que quizá la teoría purista del Derecho, consagrada en la protección de si mismo bajo la autonomía inconmensurable de la pirámide Kelseniana no es más válida que el simple acto de vivir, pero de vivir como lo dijo algún día Norberto Bobbio, en un mundo de normas. Normas que nos ahogan, excesivamente descriptivas, emanadas de la irrealidad del legislador que cuando las firma espera que a él no se le apliquen gracias a la manía de la evolución histórica de un Estado que pretende perpetuarse a si mismo en la coraza de la eternidad poética y que desconoce su verdadera función, que no es otra que proteger la vida y al Ser humano como centro de su voluntad y que eliminan a la dignidad.
Claro, cuando hablamos de voluntad, no nos referimos exclusivamente a la voluntad negocial o jurídica, sino a la voluntad de la que Nietzsche nos expresó en su canto a la libertad que es “Also Sprach Zarathustra” (Así Habló Zaratustra”. Así, una voluntad que es el fruto poderoso del árbol que es el devenir de los actos humanos unidos al cosmos donde el centro del universo no es otro que el hombre mismo y goce de vivir y no simplemente subsistir.
No se trata de una utopía, no de la Moro o de la Bacon en su Nueva Atlántida, sino del plano acto de aceptar que el hombre no es fruto de si o de una deidad, sino de la conjunción análoga de movimiento y vibración en la que el cosmos se desenvuelve y por el azar, el Ser humano no es la excepción a la evolución, sino quizá su mejor ejemplo de lo que es la bestia de bestias o el depredador supremo. Entonces, recordaremos a Hegel, pero esta vez, el fruto no negará a la flor y la flor al botón, sino que volteando su mirada interior, vida será un todo desde el angustioso inicio de las cavernas milenarias plagadas de sombras abismales, pero sin flamas desconcertantes que iluminen nuestra alienación desde la pobre perspectiva de las políticas del gran dinosaurio que es el Estado.
Pero para que todo ello no sea más que una simple especulación poética en la Carta Magna de 1991, el colombiano debe aceptar la existencia del otro, no dentro de la corporeidad, sino dentro de su propia conciencia, para luego, transmitirla a la comunidad, donde por primera vez, será parte de una nación que exista más allá de la bella prosa.

sábado, febrero 26, 2005

El Rostro de Leónidas

Harto de la eterna lucha de ser una eterna víctima entre los hacedores de la verdad y los constructores de la misma, yo me pregunto: ¿La sensatez es posible en la especie humana?
¿Es válida la evaluación? ¿Cómo para qué o qué?
A nadie le interesa la verdad, nada puede ser hijo o nadie puede ser amante del sentido común. La guerra es inherente a la especie y ella la muerte súbita; no importa prevalecer, sino vencer.
Rómpete los sesos tratando de escuchar. Porque el altruismo no existe, la vida es un remanso de Esparta y pensar es ejercicio para ociosos. ¿A usted le interesa mientras tenga que ver con la hipócrita razón del nombre?
Se supone que gracias a la simple sensualidad de la democracia todos tenemos derecho a hacernos en Colombia (art 16 de la Constitución Política Colombiana) pero si el sentido común nos dicta simplemente cerrar la boca…. ¿para qué pensar?
El problema real es que la objetividad duele más que la salida de las cordales y que la justicia poética queda restringida a la naturalidad del acto, no del sujeto.
Total, la ecuación queda totalmente restringida a la ignominia de existir y nada más, el ser es una invención de juguete y la vida, una institución de la normatividad, nada real.

martes, febrero 15, 2005

El silogismo jurídico


Hasta donde este coco tapizado de una mata de pelo me deja, recuerdo que un silogismo está formado por:
Premisa Mayor
Premisa Menor
Colusión
Así, el art. 11 de nuestra rimbombante Carta Magna, nos dice: "El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte."
Los sabios puristas del Derecho, en su noble tarea de descifrar el meollo de lo que es la ley (o sea, hacen hermenéutica jurídica), han dicho o más bien, con el paso del tiempo, como para no complicar al Estado Colombiano en otra camisa de once varas.
Seamos realistas. Como en esta unión de gente bajo el cielo de la República casi en la mitad de América y que se llama Colombia, la vida es quizá el bien que más debemos proteger, es consecuente pensar o imaginar que la vida es nada más y nada menos que un HECHO JURÍDICO. Si señores, así como lo leen; la cosa es simple. Se preentiende que en el Preámbulo donde dice "invocando la protección de Dios" y luego "asegurar a sus integrantes la vida, convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz dentro de un marco jurídico, democrático..." Bien, lo anterior no es otra cosa que el epítome del cuento del Estado Social de Derecho (aquella utopía política, pero que no es la de Moro) protege ante todo, LA VIDA y SU DIGNIDAD, por lo cual, es claro que estamos frente al bien jurídico de mayor valor o relevancia y en consecuencia, frente a un hecho jurídico. Juemadre, es que si vivimos en un Estado Católico, la vida le pertenede a Dios, y en sus mansamientos dice uno por allá "No matarás". Así que desde una visión dogmática (religiosa, no exegética), la buena moral y las costumbres, nos dicen que hacer desde hace ya 2000 años.
Y luego, si nos pegamos una pasadita por el art. 2 que dice: "Son fines esenciales del Estado: (...) promover la prosperidad general y garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución" pues simplemente estamos viendo la reafirmación de un hecho jurídico, que tiene como consecuencia, evitar la muerte, claro, no la muerte natural, porque de esa no se libra nadie, ni siquiera los supuestos inmortales.
Así, la CONSECUENCIA JURÍDICA, está tan mancillada o es ingenuo llegar a creer que se protegerá el bien más preciado, si ni siquiera los doctos señores de las leyes (los que las aplica, porque el que las firma se las copia y no tiene ni idea de que fue lo que hizo, mientras a él no lo moleste) comprenden el significado hermenéutico de lo que es y para colmo de males, así se hiciera, con este afán de perdonitis pacifista en el que entró Colombia por obra y gracia de la delincuencia organizada, pues la cosa si que se complica.

Ciudadanía y delación

María del Carmen Moreno Vélez*

La democracia, como conquista política de la civilización, impone deberes a la par que genera derechos y condiciones para la realización de los mismos. Una ciudad, un estado, deben ser colectividades en las cuales caben y se desempeñan muchos individuos capaces de reconocer, conservar y respetar sus diferencias, facultades básicas de la calidad humana. En estas colectividades, el bien público, debe ser función no sólo del Estado, sino de los individuos asociados. El estado, como organización política, debe preocuparse por el bienestar de los individuos y el fortalecimiento de las instituciones que les garanticen las condiciones necesarias para su digno desempeño. Entre estas condiciones, debe estar el reconocimiento de los deberes y, en consecuencia, el cumplimiento de las normas que permiten vivir civilizadamente. Todo ciudadano que encuentre las condiciones para una vida digna, debe proteger las relaciones sociales que coadyuvan a su bienestar. En tal sentido es su deber contribuir a lograr la convivencia pacífica, defendiendo los límites que se requieren para el bienestar, sin esperar más recompensas que la satisfacción de las condiciones para la tranquilidad propia y ajena. Uno de los mecanismos para mantener los límites, está constituido por la denuncia. Los ciudadanos debemos denunciar los comportamientos que afeten la convivencia ciudadana y debatir sobre todo aquello que atente contra la tranquilidad, pero, la posibilidad de realización individual, social y política, no puede depender de actividades como la delación, (informar para recibir prebendas particulares o individuales) en la cual, muchas personas encuentran su "modus vivendi".
En Colombia, actualmente, y bajo la política de "Seguridad Democrática", se hace énfasis en la delación como táctica de control de irregularidades políticas que afectan la adecuada marcha del desarrollo civil. Sin consideraciones al daño político para la democracia, desde el Gobierno se anuncian y otorgan recompensas a los delatores, sin mayores explicaciones hacia los ciudadanos... ¿Quiénes están recibiendo las recompensas por las delaciones? ¿Qué resultados se esperan, fuera de la simple delación, como producto de estas prácticas? ¿Por qué razones se acude a la delación, a la generación de grupos de "informantes", en vez de acudir a la mejor distribución de bienes y servicios de tal manera que la mayoría de los ciudadanos puedan contar con las condiciones sociales necesarias para su adecuado desempeño civil? ¿Por qué se privilegia la delación sobre los servicios educativos y sobre los mecanismos jurídicos como las denuncias? ¿Por qué se hace énfasis en la delación en vez de trabajarle a la creación de puestos productivos de trabajo digno para los colombianos? ¿Por qué se invierte más dinero y esfuerzos en la militarización del País, que en la formación de ciudadanos aptos para el desarrollo de Ciencia y Tecnología? ¿Por qué razones, en vez de fortalecer ejércitos, no se hacen los esfuerzos pertinentes para que la población colombiana se autoregule en su crecimiento, desde la naturaleza misma de la prevención civilizada de nacimientos? ¿Por qué razones no se invierte en educación ciudadana, y en mejorar la aplicación de la justicia, en vez de estar llamando a la delación? ¿Por qué, quienes ejercen el gobierno y quienes legislan en este País, confían más en la fuerza de las armas que en la razón y el espíritu de las leyes?
Resulta ingenuo creer que, se puede vivir tranquilamente en Colombia, con cincomil millones de pesos ($5.000´000.000), obtenidos por recompensas. Está bien reconocer que los ciudadanos necesitamos el dinero suficiente para atender las necesidades básicas. Pero, pregonar que con una recompensa se tiene la vida tranquila pasa de ser una ingenuidad a una desabrochada estupidez. La tranquilidad comienza por tener paz en el espíritu y no es sensato esperar que "los informantes" que se dedican a vivir de las recompensas, puedan conquistar el bienestar espiritual. ¿O es que, haciendo honor a unas tendencias del consumismo, se cree que el bienestar que los seres humanos necesitamos, es solamente de tipo material y que se obtiene, cuando los bolsillos están llenos a costa de la desgracia de los demás?
Otra ingenuidad, por decir lo menos, es la que se da en esas campañas publicitarias que convocan a los guerrilleros para que se "vuelen" de los grupos insurgentes porque sus padres los esperan en casa... ¡Ay Dios Mío! ¿Cuántos de los guerrilleros habrán "cogido el monte" dejando tras de sí vidas muelles? Es muy posible que un alto porcentaje de las personas que se han alinderado en la subversión no hayan podido contar con las condiciones básicas para el desarrollo humano. ¿Cuántos habrán llegado a la insurgencia sin conocer las comodidades de un hogar con servicios básicos? ¿El Estado ha garantizado las condiciones de salud, educación, empleo productivo, recreación... suficientes como para prevenir el incremento de los grupos subversivos? En estas condiciones ¿será posible que los niños criados en ambientes carentes de las posibilidades que se consiguen a través de trabajos productivos, puedan encontrar satisfacciones afectivas que hoy añoren y por las cuales deseen regresar a sus hogares? ¿Quiénes son esos "padres" que tienen preparado el seno familiar para el re-encuentro con los posibles fugados de la subversión? ¿Formarán, acaso, parte de los grupos de desplazados que deambulan por el país, implorando solidaridades para rehacer sus vidas?
Cuando un Estado no ha podido construir democracia en 200 años de historia, entre otras cosas porque ha primado el interés individual de los miembros de las clases gobernantes, sobre los intereses colectivos, no debe lanzarse a políticas de supervivencia, mediante mecanismos de difícil aceptación para la justicia y para la ética. Es preciso trabajar en la construcción de tejido humano para exigir que la sociedad se contituya en guardiana de su orden político. Ese tejido humano se urde desde otra valoración de la vida, de las razones, de los argumentos... Es preciso trabajar más en razón de la productividad, de la seguridad que propicia el desarrollo intelectual, artístico, lúdico de los individuos y de las comunidades, en vez de seguir acudiendo al uso de las fuerzas a las que nos tienen sometidos todos los actores armados, procedentes de "las derechas", "los centros" y "las izquierdas" que, a través de sus ejércitos se fortalecen en Colombia y nos subyugan a los ciudadanos.
Para conquistar la ciudadanía, no es recomendable la delación y menos cuando las prevendas se representan en dinero o beneficios particulares. Se deben privilegiar los comportamientos éticos y justos, que acudan a mecanismos reconocidos por las buenas costumbres, como aquello de señalar los errores a quienes los comenten, especialmente cuando estos erreres recaen sobre comportamientos dañinos para el bien público (por ejemplo: arrojar basuras en las vías o a las corrientes de agua, cruzar semáforos en rojo) y, también debemos acudir a los mecanismos establecidos por la ley, como la denuncia. Debemos condenar y desterrar de nuestras conductas, aquellos comportamientos propios de las organizaciones criminales como la delación. Además, es indispensable generar condiciones de gobernabilidad y confianza que deben partir del ejemplo que debemos dar todos los ciudadanos que podemos acceder a los beneficios de la educación y de los servicios públicos. Este ejemplo debe partir, especialmente, desde los gobernantes y los legisladores.

*Profesora, Universidad de Ibagué.