domingo, noviembre 21, 2004

La Hermana Georgina

I've got it all,
but I feel so deprivedI go up,
I come down
and I'm emptier inside
Tell me what is this thing that I feel like I'm missing
And why can't I let go
"More To Life (There's Got To Be)"
Stacie Orrico

Este post es preparatorio para el que vendrá por estos días, respetados y asiduos visitantes a este intento infructuoso de blog (o viejas páginas de visitantes). Es que como he recibido varios correos preguntando “¿Qué pasó con el horroróscopo, por qué no siguió?” Y también.... “¿Quién es la bruja esa?”. Obviamente, casi todos son correos de un primo, pero correo es correo y si son de los lectores, hay que darles la importancia que se merecen. Así que me di a la tarea y por fin pude localizar a la dichosa “Hermana” Georgina y le pregunté: ¿Usted quién carajos es? A lo que ella respondió más o menos así:
“Mí queridísimo chicuelo preguntón; yo soy solo que ves”
Obviamente yo veía a una tipa (mujer) de más o menos unos ochenta y tantos años, con el pelo tinturado de rojo (como todas las señoras que se untan Henna en el pelo para tapar las canas), con arrugas en las arrugas y con tanto maquillaje que tranquilamente si se estrellaba o sufría un accidente automovilístico iba a sufrir menos daños que Juan Pablo Montoya con su casco de F1. Por ello casi le contesto: “¡Eso es OBVIO!!!!” pero me contuve y mas bien afiné la pregunta... “No... Hermanita, lo que yo quiero saber es ¿Por qué el título de Hermana (Acentué la primera bocal para dar entender que respetaba el título que ella se imputaba), de dónde viene usted, por qué se llama Georgina y no de otra manera, dónde estudió las artes de la adivinación?” A lo cual, la anciana muy amablemente me contestó con una pregunta, que alcancé a pensar iba a ser “¿Y a ti que te importa, cagón de mierda?” pero no, simplemente me preguntó “¿Desde donde quieres que arranque?”
Conteniendo mí ira ante soberana forma de ser, me tocó contarle de los fanáticos que ahora tenía en la Internet (y de paso explicarle que es una página web, o mejor, un blog) y que tanto preguntan por ella y esto fue lo que más o menos me contó en su propia casa:
“Nací en un caserío muy chiquito que ahora es pueblo y que se llama Ataco. ¿Sabes? Allá aún trancan las puertas con muertos y endulzan el café con pólvora. Muy rapidito aprendí a rezar por si las moscas y porque se puede seguir vivo, a calentar y hacer la agua de panela y el café cerero con aguardiente, a preparar arepas antes de que saliera el sol, de esas redonditas como huevos medio estripados pero que todavía no han salido del cascarón y frisolitos con garra cuando había plata, a barrer de pa´ fuera con mucho cuidadito porque se podía meter una alma sola de esas que se le salen a los muertos que dejan tirados en las calles y los cruces de caminos, a peinar viejas sordas que me dijeron eran mis tías y una de ellas mí madrina y a cantarle a mí hermanito villancicos para que se durmiera, todo eso, antes que a leer y a escribir y no conocí una bicicleta hasta que llegué a un convento en la Ceja, por allá en Antioquia; donde por fin, a los 14 años me enseñaron a leer algo más que el tabaco y escribir los garabatos mágicos que mí madrina antes de morirse me hizo prender a garrotazos porque yo era muy distraída, pero que ella decía, servían para amarrar a los hombres y despertar a los espíritus. Carajo, es que siempre he tenido suerte para estas cosas de las magias y la brujería y hasta me aprendí algunos nombres de matas que son muy buenas para algo más que quitar el dolor de pecho.
¿Qué cómo llegué de Ataco a la Ceja?
A pues mira chicuelo, me volví muy amiga del cura del pueblo, que era un cincuentón lo más de aburrido pero todo un lempo de hombre con el que perdí la virginidad una lluviosa tarde de diciembre empapada en vino de consagrar antes de la tercera novena. Él me hizo becar porque dijo que yo tenía vocación de ayudar a la gente necesitada y porque según él, Dios se merecía una sierva tan devota como yo y en ese pueblo, con lo ardiente que yo era, me iban a perder antes de los 15.
En el convento nunca tuve problemas con ninguna mojita que yo recuerde, ni me metí con el cura costeño y ruidoso que iba por allá de vez en cuando a ver a las novicias para “enseñarles a orar en serio”, como él mismo decía cuando las encerraba en una oficina que las hermanitas tenían destinada para él y sus religiosas visitas semanales (martes o miércoles, dependiendo del trabajo parroquial en el pueblo o visitas a otros conventos de la región). Llegaba a eso del medio día, preciso antes del almuerzo porque decía que si Dios hecho hombre bajaba de nuevo a la tierra, seguro se iba para nuestro convento a comer sancocho y se iba como a las cuatro, con el rostro muy compungido y la frente llena de sudor por la devoción que le imponía (según la hermana superiora) a todas y cada una de sus oraciones; de eso nada me consta, pero supongo que si la poltrona inmensa que en aquél cuarto había, seguro sirvió para algo más que adorar al santísimo.
Yo, que se diga, nunca fuy muy buena para rezar y esas cosas de la Fe, pero tampoco me costó trabajo madrugar o hacerle oficio a las ciento y pico de novicias, monjas, hermanas y hermanitas ya viejitas que regresaban para tener una vejez más o menos decente. Solo hacía lo que me pedían, pero eso si, aproveché todos y cada uno de los días de estudio en los monumentales y horriblemente silenciosos salones de clase y en la biblioteca donde te juro Sam, asustaban a cualquier hora que uno se metiera por allá a leer así fuera la misma Biblia. Bueno, todo hasta ahí fue sencillo y hasta un descanso a la vida dura del campo con mi papaito en la finquita que el abuelo Encarnación le había dejado a mamaita, hasta que me enviaron de misionera por allá a los llanos orientales, disque para catequizar a los indios, pero fueron ellos los que me catequizaron a mí y un mono me bautizó de monte.
Cuando llegué a lo que ahora es el Casanare, me instalé en un caserío de las hermanas de mí comunidad lo más de bonito, rodeado de cientos de árboles frutales, helechos que se extendían por cientos de metros a la redonda, flores de colores que nunca había visto y de pájaros tan extraños y con cantos tan expresivos que al principio me daban un miedo tan macho, que era como para carcomer los huesos. Pero era un rincón de humanidad lejísimos de cualquier cosa, hasta de Dios, pero como ya estaba acostumbrada a estar lejos del mundo o de la gente, me alegré por vivir de nuevo al aire libre y no ver muros de ladrillos, y así volví a ser la niña que había salido de Ataco unos años atrás. Por supuesto es muy diferente el campo al monte monte, que no es otra cosa que selva y fue allí donde conocí en las eternas caminatas por medio de caminos invisibles, el poder divino de la Madresita Naturaleza y mira como son las cosas de la vida, conocí a los últimos Tunebos libres que con sus menjurjes y brebajes lo curaban todo, hasta los males del alma y el corazón.
En aquellos verdes días de paz y rezos, ni la guerrilla se había aparecido por esos lares, ahy, porque nadie sabía que era el petróleo y su plaga negra. Es más, ni la policía iba por allá porque no había que ni a quien cuidar. La única escuela de la región (yo creo que en kilómetros a la redonda) la manejábamos nosotras solitas, o sea, las monjitas de la comunidad y hasta teníamos una cabaña que a veces era hospital y en otras hotel para visitantes y más de una vez hasta dimos a nuestro modo misa y ofrecimos la comunión al que quisiera, porque ni un cura quiso aparecerse y eso que pedimos en varias cartas que nos enviaran así fuera un estudiante de seminario, y por eso pasó lo que pasó.
Poco a poco fuimos mezclándonos con las culturas indígenas (es que las otras hermanas también eran como recién llegadas aunque eso lo descubrí al rato de estar en pleno monte) y el alma de la manigua empezó a penetrar hasta por los poros en todas y cada una. En menos de un año, gracias a los diálogos en un español a medias con los jefes de las tribus cercanas conocimos la Ayahuasca que nos mostró otras realidades tan aparte que una a la final empieza a dudar de todo. Aunque una no crea, hasta de la fe de Cristo.
Por esas mismas fechas, llegó una delegación científica nutrida por siete hermosos europeos (mira el milagro, el mismo número que éramos nosotras) disque para valorar el estado y las clases de fauna y flora de la región, clasificarlas y de paso hacer un catálogo útil para los naturalistas de ese lado del mundo y para nosotras (que ni sabíamos que matas o animales eran los que asustaban en las noches) pero a lo que en verdad venían los monos esos del otro lado del charco quedó muy clarito cuando los vimos chupando frascados de yerbas que como a las hermanas que nos atrevimos, a ellos también les hizo ver el otro lado del reino de Dios.
Gracias a ellos conocí el güisqui, que tiene un color muy parecido a la agua panela aguada pero que calienta más. Y hay que ver como calienta, porque hasta la rectora terminó con sus doce años de servicio al Señor, metida en su camastro con uno de los expedicionarios que hasta donde me acuerdo, era Belga. A mí me tocó Hans por sorteo implícito de miradas con las otras hermanas que ya habían escogido sus respectivas presas. Él era un Austriaco de ojos azules y medio saltones, de pelo parado y seco como el fique y que con el cigarrillo que apagaba prendía el siguiente. Eso si, fumaba más que puta presa y ahí se me pegó el gusto a mí.
Una noche de junio, de esas en que el calor es tan verraco que se le mete a una por la nariz como varillas hirviendo, llegó Yanhka arrastrando los pies entre el polvo (el chamán de la tribu de al lado) que tampoco era un viejo tan ingenuo como aparentaba o los expedicionarios creían. Nosotras le decíamos Tulio, porque ese nombre si era del señor y él se lo aguantaba y la verdad, parecía como un papá para nosotras en semejante soledad, pero esa noche llegó con el cuento de que al otro día iba a caer un aguacero de Padre y Señor Mío. Como siempre he sido una preguntona y el viejo había sido muy simpático con migo porque según él, yo me parecía a una virgensita como esas que estaban en el altar del salón comunal que utilizábamos como iglesia, me quedé con la curiosidad al ver el cielo toldado pero no lo suficiente como para una premonición de esas (casi todos los días había sido lo mismo y solo llovía en abril como para la Semana anta o en diciembre para la Natividad) pero al otro día, efectivamente cayó un diluvio tan impresionante que casi nos ahogamos, así que cuando me lo volví a encontrar le pregunté que como había echo para averiguarse tamaña cosa. Él, muy serio me contestó que en el humo y en las cenizas estaba la respuesta y así me enseñó a leer los cigarrillos de Hans, para saber si iba o no a llover, luego para tener una idea de lo que podía pasar al día siguiente y finalmente, para saber de la vida pasada y futura de las demás almas, pero muy rara vez de la propia. Ese fue mí primer encuentro con la magia. Como yo era la más joven, poco o nada de miedo me daba meterme en el monte con unos o con otros (indio o expedicionarios) en el tiempo libre (que era todos los días luego del rosario matutino y de dar clases de matemáticas a tres niñitos hombligones que no tenían el más remoto interés en saber lo que era un número) es que la verdad, siempre me han gustado las aventuras y como nací en el campo, soy muy buena para dar machete y ubicarme donde y como sea. Con Hans más de una vez nos perdimos, pero a punta de yerbas y tabaco regresamos sanitos y salvos ¿Cómo? Pues la verdad la verdad... no tengo ni idea, pero normalmente volvíamos cuando los demás creían que la selva nos había tragado para siempre, por eso, cuando me perdí con mí mono por primera vez, fue gracias a una creciente en que la canoa nos condujo casi hasta Venezuela, y nadie salió a buscarnos sino hasta que llevábamos más de dos semanas caminando y escurriéndonos de los animales que nos asechaban sin piedad y que nos miraban desde las sombras cuando nos daba por echarnos un polvito como para bajarle la espuma al nerviosismo; nos encontraron remando a contracorriente unos cazadores. La segunda vez que nos perdimos pude conocer por primera vez la capital, pero no me impresionó más que por el frío, porque eso si, bien fea si era por esos día; pero no más que ahora y supe lo que era un radio.
¿Qué? Ah... ¿Cómo fue fuimos a parar a Bogotá? Pues mira, resulta que él tenía un viaje aplazado desde unos meses atrás para ir a la Universidad Nacional a mostrar yo no sé que cosa a unos colegas y un día se despertó, me miró y me dijo en su español entre cortado con erres marcadas y con el siempre presente Das.... “¿Quierre irr a Bogotá?” a lo que contesté muy alegre “Ja!!” y nos fuimos en la primera barcaza que pasó sin decirle a nadie nada de la emoción.
En Bogotá vivimos en un hotelito de Chapinero como si fuéramos casados por dos meses en los que se nos olvidó hasta la selva, pero solo yo volví para decir adios pero por medio de una carta que se demoró en llegar casi tres meses.
A finales de ese año, nos embarcamos en un carguero Danés amarrado en Cartagena rumbo a Inglaterra, donde Hans tenía unos negocios que hacer y que luego resultaron ser nada más y nada menos que trabajos de espionaje. ¿Podría alguien creerlo? ¡De monja pasé a ser la esposa de un espía de la corona!
Ingenua siempre he sido, por campesina, pero bruta nunca; por eso me casé con Hans menos de una semana después de estar caminando de un lado para otro en Londres y sus alrededores y para completar el cuadro, por lo católico.
Los cuatro primeros meses de nuestra estadía en la tierra de la Reina, Hans se iba todos los días a eso de las siete en punto y regresaba a nuestro pisito a veces a las siete, otras a ocho de la noche, con una cara de cansancio pero de satisfacción cumplida que aterraba. Yo le pregunté que era lo que hacían tanto como para que llegara tan agotado; él muy diplomático como siempre había sido, me contestaba diciéndome que si me contaba luego tendría que matarme, entonces, los dos soltábamos una carcajada y hasta ahí llegaba el asunto. Pero una noche las cosas cambiaron porque no volvió sino hasta cuatro días más tarde y con un brazo remendado.
Esos días fueron infernales porque yo no hablaba inglés, nadie que yo conociera hablaba español y para colmo, estaba completamente sola. Ni siquiera perro teníamos porque los tres cuarticos que teníamos arrendados y que yo juraba que era un lujoso apartamento, no alcanzaban sino para unos poquitos muebles, un radio (me enamoré de los radios), una cama y una mesa. El invierno da muy duro en Europa, pero si uno está solo, la cosa es más fregada, sobre todo, si el marido de una no aparece por ningún lado y no hay modo ni a quién preguntarle. Cuando Hans llegó, no pude soportarlo y por primera vez en mí vida, de verdad lloré a moco tendido. No por la indignación, sino por la ansiedad, la zozobra, la impotencia y sobre todo, porque por fin mí esposo perdido había aparecido; es que perderse en el monte es una cosa y otra muy diferente en un mundo que está por entrar a una guerra. No me preguntes como, pero sin darme cuenta, fuy aprendiendo ese idioma de gesticulación tan marcada gracias a las clasesitas que Hans me daba cuando volvía y las tareas tan monumentales que me dejaba que hasta me hicieron aprender algo de alemán y así, poco a poco, me fuy conociendo con las vecinas, que no es que estuvieran en una realidad diferente a la mía y les caí en gracia.
Como no sirvo para quedarme quieta, me gusta el trabajo duro y pensar, una de mis vecinas me llevó a la oficina de un muchacho lo más de curioso que trabajaba en lo que parecía un galpón de gallinas pero de ladrillos. El chico no era más que un estudiante y tenía revoloteando por todos sus dominios (como el llamaba al centro de investigaciones) a un montón de militares, otros estudiantes y unos cuantos profesores que le miraban con recelo y unas cuantas chichas que organizaban y almacenaban todo lo que salía de la cabeza o del cálculo de aquél genio silencioso que andaba en bicicleta de un lado para otro y que yo juro que no sabía lo que era dormir. Es que siempre tenía unas ojeras que parecían de lechuza y era tan flaco que un viento se lo podía llevar lejos.
Con él empecé a trabajar sin contarle a Hans, que aún seguía en su entrenamiento hasta que un día yo llegué más tarde que él, porque el trabajo era monumental en la granja (como le decían los militares) y me tocó decirle ante la mirada suspicaz de mí marido, “Mira Hans, lo que pasa es que trabajo de archivista en la oficina de un chico de apellido Turing”. Él no dijo ni hizo nada durante un buen rato en que permaneció pensativo, simplemente se limitó a encender un cigarrillo y al rato me dijo “Ya lo sabía. Alan está loco, pero lo necesitamos”. Creo que se conocían, no sé como ni de donde, pero por la forma en que se expresó y la extraña sonrisa que se dibujó en el rostro de Hans, me hicieron comprender que el trabajo del chico era realmente importante. Nadie imaginaba cuanto.

Fin De La Primera Parte
(jejejeje.... quédense aguantando un par de días a que termine el resto, es decir, hasta que termine primero un trabajo para la universidad y listo el pollo)