jueves, octubre 14, 2004

Vavilov ante el dilema de Galileo


En 1919, el biólogo Nikolai Ivanovich Vavilov tenía 33 años y su futuro estaba destruido. Una feroz guerra civil abolía hasta los cimientos aquella sociedad estamental, formalista, mística y bullente de hondas contradicciones, que retratan las monumentales novelas rusas del ochocientos. Había llegado el tiempo de los ideólogos armados que, imperturbables, imponían a los pueblos de Rusia el caos supremo de la creación del mundo y el juicio final, todo al mismo tiempo. Nada bueno podía esperar en un tiempo así un científico como Vavilov, formado en la tradición racionalista de la venerable Academia de Ciencias fundada por el sabio Lomonosov en el siglo XVIII. Nada bueno, salvo intentar sobrevivir. Y eso hacía precisamente, en Saratov, a orillas del Volga, tratando de evitar las causas de muerte más frecuentes para los no combatientes en aquella guerra: el hambre, el tifus, una delación.
Su mundo se había esfumado. Muchos científicos habían sido ejecutados como "burgueses enemigos del pueblo" y la mayoría de sus colegas había huido al extranjero. Las instituciones científicas y académicas estaban cerradas, abandonadas, sus archivos habían sido saqueados. En esas circunstancias, ¿quién tendría derecho a reprochar a Vavilov si hubiese decidido huir él también? Podía intentarlo; en aquella época las fronteras rusas estaban prácticamente abiertas. Pero Vavilov no lo hizo, no quiso hacerlo. Por el contrario, al enterarse de la muerte de su maestro Robert Regel, académico y director del Laboratorio de Botánica Aplicada, fallecido de miseria y tifus en Petersburgo, Vavilov se dirigió a esa ciudad decidido a tomar la posta. Su estado de espíritu se expresa en una frase de la sentida necrología que escribió en homenaje a Regel: "Cada día que pasa se reduce más el grupo de científicos de Rusia, y el destino de la ciencia rusa depende de los que van quedando".
Los que quedaban tenían que reconstruirlo todo. El laboratorio de Regel ocupaba un inmueble estrecho, insalubre, sin agua ni calefacción, derruido en parte, y había sido saqueado. No había presupuesto ni autoridades interesadas en su reconstrucción. Petersburgo estaba en colapso, exhausta, infecta de tifus, con apenas un tercio de la población de antes de la guerra europea. Las autoridades bolcheviques, empeñadas sobre todo en ganar la guerra y liquidar a sus adversarios a cualquier costo, dejan a Vavilov hacer lo que él considera necesario para rescatar el laboratorio; después de todo, terminada la guerra, se necesitarán científicos. Vavilov reconstruye el laboratorio y logra instalarlo en uno de los grandes edificios que quedan abandonados por causa de la guerra. Su perseverancia y energía le permiten, entonces, ampliar sus objetivos de recuperación científica y así, a principios de los años veinte, forma el Instituto de Agronomía Experimental con sendas sedes en Petersburgo y Moscú. Luego, en 1929, organiza la Academia de Ciencias Agrícolas. La herencia de Lomonosov ha sido rescatada, la ciencia rusa renace. Vavilov es desginado presidente de la Academia que acaba de fundar. Los bolcheviques, hasta entonces, todavía le dejan hacer.
Vavilov goza de un prestigio bien ganado como infatigable investigador científico. En 1920 formula una teoría sobre la evolución de las diversas especies de plantas, que se adelanta a su tiempo y conserva vigencia en nuestros días por revelar la importancia esencial de lo que hoy se denomina biodiversidad. En base a su teoría, Vavilov crea la mayor colección de plantas cultivadas del mundo que, con más de 200 mil especies, representa un fondo genético de una magnitud hasta entonces no intentada ni pensada por nadie. Lo hace, además, personalmente, viajando sin cesar por las regiones más apartadas de todos los continentes. En el desarrollo de su teoría, Vavilov identifica ocho núcleos originarios de la mayor parte de la biodiversidad mundial, uno de los cuales está en el Perú, mi país (disculpen la emoción aldeana), donde estuvo en 1932, en el itinerario de investigación del último viaje que las autoridades soviéticas le permitieron hacer al extranjero.
Nunca más pudo salir de la URSS. Consolidado en el poder, el Partido ya no cree en la necesidad de contar con los "científicos burgueses" y promueve campañas viles para desprestigiarlos y reemplazarlos. En el ámbito de la biología y la genética, el Partido promueve como nueva luminaria científica, en oposición a Vavilov y su escuela, a uno de los estafadores más descarados de la historia de la ciencia: Trofim Denisovich Lysenko, agrónomo carente de auténtica formación científica, apenas un técnico mediocre que, no obstante, tuvo el talento de "descubrir" en el momento oportuno la "biología proletaria". Con el apoyo de Stalin, Lysenko se adueña progresivamente del ámbito de las ciencias experimentales de la URSS y persigue a los hombres y mujeres de ciencia que no aceptan ser avasallados. Fue en el campo de las ciencias un dictadorzuelo tan ignorante y homicida como Zhdanov en la cultura.
Lysenko negaba la existencia de los genes y cromosomas, y más tarde, cuando a su pesar tuvo que admitir su existencia, negaba su rol fundamental en la transmisión de los caracteres hereditarios. Sostener lo contrario, de acuerdo con la teoría genética clásica, se descalificaba como "idealismo menchevizante" y se llegó a decir que la existencia de genes y cromosomas era una patraña urdida por Goebbels y los nazis. Lysenko negó las elementales leyes de Mendel, con lo cual la llamada "biología proletaria" retrasó esta parte de la ciencia soviética en un siglo. Con la complacencia de Stalin, descalificó la Genética como una "ciencia burguesa" y promovió una "nueva biología basada en el materialismo dialéctico". La influencia nociva de Lysenko sobrevivió a Stalin y no se extinguió hasta que lo jubilaron en 1965. En 1948, el comité central del PCUS se cubrió de ridículo al consagrar las "teorías" biológicas de Lysenko como la expresión incontestable de la más alta "ciencia proletaria". La propaganda lo presentaba como uno de los más grandes científicos de todos los tiempos, a la altura de Darwin, a quien se permitió corregir.
Vavilov y la comunidad científica trataron de resistir el creciente poder de este charlatán estalinista pero fueron derrotados. La persecución contra los científicos fue atroz. Era el tiempo del "gran terror" de Stalin. Finalmente, en 1938, el dictador hizo destituir a Vavilov de la presidencia de la Academia de Ciencias Agrícolas y del Instituto de Biología y lo sustituyó por Lysenko. Fue en este último periodo que se exigió a Vavilov, en la mejor tradición de los inquisidores, reconocer la validez científica de la "teoría" de Lysenko o afrontar las más graves sanciones.
Vavilov respondió con una declaración sencilla y firme: "Iremos a la hoguera, nos quemarán vivos, pero no renunciaremos a nuestras convicciones. Les digo con toda franqueza que creí y aún creo e insisto en lo que pienso que es correcto... Esto es un hecho, y negarlo simplemente porque algunas personas que ocupan altos puestos lo desean, es imposible". Vavilov fue sentenciado a muerte en 1940. Pereció de desnutrición tres años después, en un campo del Gulag.
A Galileo, cuatro siglos antes, los inquisidores de la Iglesia católica le exigieron retractarse de la teoría de que la tierra se mueve en torno al sol; de lo contrario estaban dispuestos a quemarlo en la hoguera. Como sabemos, Galileo se retractó, si bien la tradición dice que, luego, a espaldas de los inquisidores, murmuró: "eppur si muove" (sin embargo, se mueve). Galileo se refugiaba en la reserva mental, es decir, que confesaba lo que exigían de él mientras pensaba exactamente lo contrario. No obstante, enfrentado a un dilema similar, Vavilov, a diferencia de Galileo, prefirió confirmar sus convicciones al precio de su propia vida.
No es que Galileo hiciera mal pues su vida estaba en manos de gente fanática, ignorante y dispuesta a todo. Sinceramente opino que hizo muy bien. La suya es la actitud vergonzosa que tendríamos la mayoría, puestos a elegir entre la verdad o la muerte. Pero gestos de integridad a toda prueba, como el de Vavilov, demuestran que la capitulación o la reserva mental no son las únicas respuestas posibles ante el dilema de Galileo. Bien pensado, morir con dignidad no es un asunto que sólo merezca tomarse en consideración en el túnel ciego de las enfermedades terminales.


Por: Carlos Landeo
La Insignia,
octubre del 2004.

1 Comments:

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10 de enero de 2010, 7:28 a. m.  

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