sábado, septiembre 18, 2004

Nerón soy yo (Editado)

And shake the yoke of inauspicious stars. From this worldweary flesh
W. Shakespeare.

Cuando me alejaba sobre mí montura árabe, la ciudad escupía llamas a los cielos como un ánfora en hecatombe, la sinfonía de la muerte irrumpía entre las siete colinas y las almas se derretían sucumbiendo al destino que les correspondía. Ya historiadores (que ciegos) se pusieron de acuerdo, pero algunos filósofos dicen que no fue Nerón quien dio la orden solo por cambiarle el rostro a la monstruosa urbe, otros dicen que en medio de la demencia comunal, muros, techos, monumentos, casas, edificios, palacios, plazas, parques, calles y gentes cedieron por si solos a los deseos poéticos y abrasadores del destino indescifrable; pero en realidad fue un simple soldado quien tomó la decisión, fue él quien dirigió las nobles tropas del imperio hasta la barriada periférica que hedía a miseria e ignorancia, él distribuyó las antorchas y alimentó con aceites el trapo y la madera para que ardieran para siempre en las memorias de occidente. Sólo un ser tan despreciable como él pudo ser quien dejó libres las primeras flamas que tanto amaba el tirano encerrar en palabras que luego, como las llamas también se llevaría el viento. No fue Cesar quien deseaba escuchar los versos, su poesía era mediocre y sus cantos obtusos pues su ingenio era nulo. Nadie lo recuerda, pero el que finalmente convenció a Nerón en una simple apuesta de honor vílico fue un simple soldado, según lo afirman algunas tablillas halladas en la costa de Alejandría por allá en el año 1690 por un monje Dominico. Pero ya ni el nombre las piedras carbonizadas recuerda su existencia efímera y candente. Lo sé muy bien, es casi imposible probarlo porque las tabillas fueron robadas del museo de Berlín en la avanzada Barba Roja a Berlín (por la ocupación Bolchevique) a mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado. ¿Qué cómo lo sé? Ah, pues muy fácil, mientras la ciudad también ardía (hermosos momentos), el ladrón que bajo el uniforme del ejército rojo se coló por una de las ventanas rotas de lujoso bunker atiborrado de arte ajeno donde otro inepto tirano guardaba sus juguetes y tesoros era yo, y también porque yo, era y soy Vinicio; el soldado romano y fui la antorcha de Nerón.

Samuel Roca