miércoles, septiembre 22, 2004

Entrando a N Y

- Nadie puede abarcar en un solo recuerdo todo su pasado – Dijo el muchacho ojeroso de piel tostada y barba rala muy negra. Parecía que no respiraba pues su pecho nunca se agitó después de las amenazas legales y hasta físicas que había sufrido. Luego prosiguió al momento de medir el efecto de sus palabras en los atentos escuchas, en los podía y no podía ver, pero que sabía le seguían atentos – Ni encerrarlo en palabras.
- No sea ridículo – Le increpó el oficial de policía mientras se inclinaba sobre la mesa de interrogatorios y observaba con náuseas al sospechoso, esposado a la silla metálica. Pegando un fuerte puño a la mesa y derramando la taza de café gritó: – ¿Cómo es posible que no sepa quién es usted? Es ridículo... ¡Maldita sea. Debe recordar algo...!
- Si claro, muchas cosas. Pero ninguna que a usted le interese.
- Sorpréndame... – Susurró el hombre de traje económico pero bien colocado al oído del detenido como si escupiera cisco en llamas por la boca.
- No me creería
- Pruébeme...
- ¿Sabe usted qué es la agonía? – La voz del joven parecía hueca, casi cavernosa, pero nadie lo notó, ni siquiera la psicóloga que observaba detrás de un enorme ventanal polarizado y que tomaba atenta nota de cada suceso, acto o palabra del supuesto criminal. - ¿Sabía usted, oficial, que la agonía es la esencia de las almas? Por supuesto, para quien tiene una.
- No muy bien, pero más o menos creo que se refiere a la “agonía” que usted le hizo sufrir a esos inocentes que asesinó o va a asesinar por nada – Repuso el agente del FBI colaborando con la nueva actitud del detenido mientras iba acomodándose sobre la mesa, presintiendo una pronta confesión un informe escrito corto. Había olvidado el café derramado, así que cuando sintió la humedad entre sus pantalones adentrándose directo hacia su piel, pegó un brinco y enfurecido miró con furia al muchacho que le observaba muy calmo.

Furioso, el agente especial sacudió su pantalón pero ya era tarde, la mancha de cafeína no la quitaría ni el mejor de los blanqueadores, no en esa hermosa clase de paño que se acababa de estropear. Decepcionado por su olvido, ocupó la silla al otro lado de la mesa, frente al chico con rostro de piedra y como para disimular el error dijo...

- Decía usted – Hizo una pausa y tratando de imitar ese extraño acento de todas y ninguna parte, dijo en un estilo de teatro callejero – “...agonía”
- Si; agonía.
- Explíqueme por favor, no le comprendo.
- No podría hacerlo si quisiera – Contestó el detenido mientras cerraba los ojos en una clara mueca de cansancio. – Tendría que vivir lo que yo he vivo para hacerlo...
- Si no me explica sus razones nunca las comprenderé – Repuso sin disimular su ira el oficial, que ya estaba realmente cansado de no poder hacer nada, pues desde hacía ya dos largas horas de esperaba, no llegaba la confirmación sobre terrorismo que debía enviar la NSA para él poder actuar. Ofuscando ante la parcimonia de la agencia hermana disidió actuar, así después el fiscal tuviera problemas, serían de otro y él habría atrapado un terrorista, sería un héroe. - ¿Ha matado usted a alguien en suelo Americano?
- Si – Respondió el muchacho sin inmutarse. Lo cual evidentemente alegró a los que seguían el interrogatorio.
- ¿En dónde? – Animoso preguntó el agente que ya no cabía en sus manchados pantalones de la felicidad. Según él, había agarrado a un terrorista, y ya lo tenía confesando; pronto ascendería, de eso estaba seguro. - ¿Cuántos? ¿Cuándo?
- Usted disculpará, pero no lo recuerdo muy bien. Ha pasado demasiado tiempo desde aquello... siglos.
- ¿No lleva una cuenta de los objetivos?
- ¿Objetivos?
- Blancos, elementos eliminados, acciones ejecutadas...
- Le comprendo, pero mí situación es diferente.
- Entonces contratos... ¿Trabaja a sueldo?
- ¿A sueldo?
- ¿Asesina usted por dinero o ideología?
- Ninguna de las dos...
- ¿Entonces por qué lo hizo? – Preguntó mostrando su desespero en el tono de voz ya desesperado el agente especial designado en el Newark para casos de terrorismo.
- Por necesidad... – Respondió secamente el muchacho, como si se refiriera a cualquier cosa, menos a una situación humana y no le importasen las consecuencias de sus palabras. Pero según podía comprender el agente, el chico no había mentido en ningún momento, simplemente contestaba a las preguntas de una manera muy extraña, pero con los radiales era así, según recordaba él los textos y clases en buró. Luego hubo un silencio intensamente largo, quizá de unos dos o tres minutos en los que ninguno de los dos dijo ni hizo nada, midiendo al otro; el muchacho, sopesando su estado y el agente, eligiendo y eliminando mentalmente preguntas y la forma en que debía hacerlas.

En esas estaban los dos, cuando la puerta de la pequeña sala de interrogatorios se abrió de par en par y por ella ingresó la psicóloga (también agente del FBI) que había estado los últimos segundos hablando por su teléfono celular, el cual pasó al agente especial Edwards, quien algo desconcertado aceptó la intromisión intuyendo problemas. Charlie Edwards escuchó resignado según se tradujo en la expresión de su rostro traslúcido y a lo último de la conversación simplemente dijo, “Si, señor”, mientras colgaba el teléfono que devolvió a su compañera.
- Puede irse señor Ashaverus – Dijo el agente mientras guardaba un manojo de documentos que efectivamente designaban a aquél hombre frente a él como un inmigrante ilegal, que a plenas luces y el entrenamiento que él había recibido por la agencia, buscaba algo que no era simplemente diversión en Norte América. Cuando el muchacho recogió su maleta a la salida de banda rotatoria y caminaba ya por los pasillos del aéreo puerto rumbo a la salida para taxis, los dos agentes, seriamente preocupados lo observaban por los cuatro monitores de vigilancia que no le habían perdido de vista. De pronto la psicóloga dijo casi en voz en off - ¿Qué tiene que ver el Vicepresidente con un sujeto así? ¿Para qué dejarlo ir?
- No puedo imaginarlo – Mientras el joven abordaba uno de los cientos de taxis Edwards concluyó – Ve y pregúntale tu...