lunes, septiembre 13, 2004

El Circo, los payasos y los porristos...

El Circo y sus criaturas...

Como no tengo la sana costumbre de ir a los estadios porque Millos vive en Bogotá y yo en Ibagué, me toca resignarme a ver los partidos de la forma aburrida y económica, es decir, por Tv. Pero ayer no fue así.
Imagínese que como venía el Pasto (Proveniente de la ciudad con más iglesias per cápita en el país y donde comen cuis –No, que pena, no como congéneres-) y como tengo amigos de esa hermosa región del planeta, pues fuy “de mil amores, pues...”.
Me enfundé en una camiseta blanca como para ser neutral, metí varias botellas (plásticas, claro) de agua y soda al morral, un libro por si me aburría, el radio y me largué para el estadio.
Como llegué temprano, me acomodé donde me dio la gana, encendí un cigarrillo y me update en chistes y chismes... sobre jugadores y política local.
Debo explicar antes algo... ir a occidental es una perdedera de tiempo, nadie se manda una BUENA vulgaridad, nadie se tira bolsas de agua y tampoco se puede fumar tranquilo porque siempre hay alguna vieja remilgada jodiendo la vida o algún maricón que no sabe donde es que esta. Así que por eso es mejor ir a las tribunas calientes, donde va la gente normalita, mis amados borrachos de estadio (con cerveza aguada, claro), los traga chuzo, el que se come las uñas y las despampanantes gordas con sombrero de bobo de la selección Colombia de fútbol, la camiseta de cualquier otro equipo menos de alguno que esté jugando o de Juan Pablo Montoya, los jines apretados para lucir los conejos y los crespos alborotados porque está de relax.
Porque pa´ que pero a las “gomelitas” es mejor no llevarlas al estadio o sino, hay que meterse con ella a occidental y la verdad, pues que me las envuelvan, con ellas no se puede decir groserías a diestra y siniestra (porque tienen una moral rígida pero solo para eso), no se puede fumar tranquilo porque el estrés del partido lo está devorando a uno; ellas van solo a rajar de lo malo que es el equipo de uno y no dejan poner cuidado porque siempre tiene algún “comentario inteligente que hacer” o simplemente, lo miran a uno feo porque está comiendo mazorca grasienta y empanizada por ritual (seamos sinceros, el cine tiene las palomitas de maíz, los teatros de ópera, obras de teatro o música las cajitas de mentas y los descongestionantes para evitar estornudos y la carraspera, los centros comerciales las pizzas y las hamburguesas, los edificios de instituciones públicas las empanaditas y el chicharrón carnudo, los hospitales la gelatina de colores, los paseos de río el sancocho, las escaladas y caminatas el susodicho sándwich, el tarrito de arequipe y el pedacito de panela, las montadas en bicicleta el banano pecoso y el tarro de Gatorade, los aviones el jugo de caja, la comida de microondas y el ESTADIO... EL ESTADIO TIENE LA VENERADA MAZORCA AZADA), porque el que va al estadio y no se jarta una mazorca tiene mucho huevo. ¿Quien se mete a una iglesia y se escucha TODA una misa debe tragarse una hostia, o no?
Bien, el caso es que después de que la mazorca ya está adentro, uno hace la paz con el vecino del equipo contrario, pero solo hasta que el pito suena... porque o sino, tenga, como la piedra lanzada por una catapulta vengadora un naranjazo le ha de caer a uno en la cabeza que lanzó algún fanático de unas cuantas filas arriba o lado.
Es que existen diferencias muy grandes entre el aficionado, el hincha y el fanático, pues al circo que llamamos estadio de fútbol va de todo un poquito y es toda una mezcla tan pareja de lo que es la sociedad que muy fácil distinguir quien es quien.
El aficionado es un tipo muy tranquilo que va de paisano, él va al estadio de vez en cuando, se ríe, grita, salta, aplaude todos los goles (hasta los del rival) y se siente satisfecho solo por pasar un rato de esparcimiento al aire libre viendo deporte. Él aficionado solo va a divertirse, si su equipo gana o pierde, igual la pasó bien.
El hincha es ese que va al estadio cada vez que puede o tiene plata (porque en las entradas son muy caras en cualquier parte del mundo y no le alcanza para un abono) o si la mujer y los hijos lo dejan. El hincha no deja que nadie le toque la camiseta y hasta reza para que a su equipo le vaya bien, y su mayor placer es que la boleta la pague una excelente jugada así no haya un gol. El hincha sufre con cada movimiento, se manda su madrazo cuando ve al equipo impotente o amilanado y espera que su equipo no pierda. Respeta a los jugadores de su equipo y les perdona los errores, ya que para él son seres humanos y merecen el cariño y respeto que él le profesa a un hermano.
El fanático ya es una clase más evolucionada del hincha; él es combativo por naturaleza, odia al otro equipo y a los hinchas opuestos, su camiseta es la religión que profesa, es el que le tira cualquier cosa a los jueces y los jugadores, es que el piensa que la diferencia entre “negro bacán y negro hijueputa es un gol”; él es el que está más pendiente de lo que sucede en la gradería que en el campo de juego, pues cada miércoles en la noche y los domingo en la tarde, comulga con el escudo que es en lo único que cree, sus alabanzas son las barras cantadas a voz en pecho y su hostia es un gol, no importa como sino que sea del equipo que él sigue. El fanático odia a los “polochos”, que son el mayor símbolo de represión en el estadio después del árbitro porque se juega según el fanático, en contra de ellos también. El fanático no y NUNCA olvida y cuando actúa es realmente peligroso.
Claro que antes de que salgan los artistas de la pelota, salen cantando y bailando las peladitas de minifalda y pompones con una sonrisa en los labios así esté cayendo un aguacero el macho o el sol tueste la piel, o sea las porristas. Ellas son niñas muy bonitas, desde lejos se ven hasta simpáticas (desde la tribuna, claro) y tienen muchas agallas para pararse frente a una mano de caníbales mostrando los calzones y salir gritando maricadas y con orgullo... ¡Eso es coraje! Ellas son las reinas de la cancha faltando cinco minutos para que el árbitro de inicio al juego y en los quince minutos de descanso, pero en los noventa minutos nadie las mira, nadie recuerda que existen, pero vuelven a la visual de los asistentes al estadio solo si un balón por casualidad va y le pega a alguna de ellas. Y la gracia se transforma en mofa.
Pero claro que hay otra clase de seres que también van al estadio y que me causan cierta curiosidad morbosa, he de admitirlo. A mí, que me envuelvan a los que se disfrazan de mascotas o de porristos... La verdad, no sé si esta simpática y conspicua criatura me genera náuseas, admiración, repulsión absoluta, todas las cosas al tiempo o ninguna de las anteriores. No es que tenga algo en contra de los verdaderos “hinchas”, pero eso ya aquél extremo es patético. Si el equipo gana, como en un ritual, la mascota es alabada y si el equipo pierde es tildado de “bulto de sal”, y aquella marca será perpetua. La mascota es un man disfrazado, que se cuelga una mano de pendejadas al cuello y al cuerpo, que baila, que aguanta naranjazos, madrazos, burlas, aplausos y la mirada inquisitiva de sus hijos. Él, trabaja de gratis o por muy poquito y entra gratis al estadio y por ello es feliz.
Pero los porristos... esos si que son una especie bien particular. De ellos prefiero no hablar mucho porque la verdad, me dan asco. Si, la necesidad es una cosa fregada, pero tampoco... Señores, la dignidad existe, no es una fantasía o la invención retórica de algún poeta.
Claro que lo más raro que pasó ayer, fue la entrada a la cancha de baya pidiendo por la paz en Colombia. Yo pensé que se trataba de algo bien diferente, como de unos hinchas piedros o algún avivato que se quería robar el balón, que el senador estaba hambriento de más plata y que estaba proponiendo una teletón profondos personales o que se iba a empelotar alguna viejita frente a las cámaras de tv (Esa era mí esperanza, pero no vivimos en Barcelona). Pero lo que resultó ser una interrupción, para mí, es quizá el único gesto voluntad que le he visto al fútbol, solo espero que los directivos (payasos mafiosos) tanto de los equipos como de la federación (estos son más mafiosos) sean honestos por primera vez en sus vidas y también ellos rectifiquen su actuar y que aquella pancarta no sea más que un simple bostezo veintejuliero como los que suele ocurrir en los estadios siempre que se hacercan las elecciones.
Volviendo al tema, el único problema fue a la salida; vida triste, parar un taxi desocupado es casi un milagro... pero bueno, menos mal me puse a esperar junto a un puestico de mazorcas... pero terminé tomándome una cerveza como para pasar el aburrimiento y reflexionar un poco sobre la payasada de la pancarta.