viernes, septiembre 17, 2004

Efraín y la muchacha de la minifalda negra

Agradecimientos
La verdad, soy muy malo para dar las gracias, pero gracias a don “Jim Morrison” por convencerme de escribir fantasía; aquí va el primer cuentico de una serie que pienso hacer respecto del mismo personaje.


Una noche cualquiera de sábado, de esas que pasarían desapercibidas si no fuese porque algo raro realmente pasó, Efraín se enfundó los guantes de vinilo imitación lagarto se fue cantando el último tema de champeta que había escuchado en la radio y se dirigió muy orondo al garage, le pegó una juagada con la bayetilla a la carrocería de su nave, alistó los CD de vallenatos que más le gustaban y los casettes de reguetón que el compadre Chucho le había regalado de su último viaje a la costa, se peinó mientras se miraba en el retrovisor y salió a las calles muy contento a hacer lo único que sabía hacer en su vida para conseguir el pan diario, es decir, conducir su chevy-taxi engallado.
A eso de las ocho de la noche, por los lados del barrio El Jardín, (para los que no conocen Ibagué, hablamos de un punto bien al sur de la ciudad, pero tampoco tan afuera o muy lejos) cerca de los moteles baratos, una nena muy agradable le hizo la primera parada de la noche. ¿Cómo podía dejarla pasar? Imposible, la nena estaba buena, y por el solo gusto de verla, la llevaba hasta donde fuera, y gratis.
Pero la verdad, no es que estuviera muy buena que digamos, pero como él tenía el masato en la cabeza y puestas las botas sexys, la idea fue más poderosa que la razón. Cuando ella se subió, Efraín, por el rabillo del ojo le vio las piernas sobresaliendo por la minifalda negra, luego elevó sus ojos y no los pudo despegar ni por un instante del ombligo con pirsing más sensual que él había creido ver en toda su vida. Así que cuando ella le indicó el destino final del recorrido, Efraín ni la escuchó, simplemente arrancó, con un ojo en la carretera y otro en el espejo, tratando de guardarse en su memoria los rasgos de aquél rostro tan angelical.
Un poco apenado, pero buscando la manera de entrar en conversación con la muchacha, cuando ya iban por los lados del éxito, Efraín le preguntó a la señorita para dónde era que se dirigía, y ella, con una hermosa sonrisa en los labios, le repitió que para la terminal de transportes.
- ¿Va usted de viaje? – Preguntó de una Efra.
- Si y no – Respondió dulcemente la muchacha con lágrimas en los ojos.

Según Efraín, no había mayor oportunidad en la vida para conquistar una mujer que cuando estaba triste o despechada, así que arremetió con todas las fuerzas de l artillería de Don Juan que él conocía.
Así que empezó a preguntar cómo se llamaba ella después de él presentarse, le preguntó a qué se dedicaba y finalmente, le preguntó, porque notó un extraño acento en la voz de la muchacha, de dónde era... a todas las preguntas la pasajero respondió amablemente y hasta con toques de coquetería que no pasaron desapercibidos para Efraín. Así que cuando ya iban frente a la Clínica de los Seguros Sociales, en plena curva, Efra le preguntó si ella lloraba por su novio... ella respondió que si, que lo acababa de descubrir en Karibana (quizá el motel de medio pelo más famoso de la ciudad) con otra, y que por eso se iba de la ciudad, para nunca más volver... Ella le contó a groso modo los asuntos y el dilema amoroso. El taxista escuchó muy atento, tomando nota mental de cada uno de los detalles que podría necesitar luego.
En el semáforo de la 42 con 5ª, Efraín decidió lanzarse a fondo y le propuso a su hermosa pasajera que le respondiera de la misma manera en que la había tratado su novio, le insinuó que no fuera ingenua, que los cuernos se limaban con más cuernos, pero en cráneos ajenos. Medio en broma, medio en serio, mientras volvía a arrancar el auto y él cambiaba de disco hacia uno más pertinente y alegre, no el “osito dormilón”, le propuso a la muchacha que él podía servir de ayuda para solucionar el problema, expresando muy seriamente lo interesado que estaba en colaborarle y su amplia experiencia en infidelidades. Efraín le contó en menos de tres segundo que había sido abandonado por su esposa hacía penas unos tres meses y que para vengarse, él había seducido a una de las vecinas y luego la había abandonado para así causarle daño a la mujer que señaló como maldita y causante de sus desgracias. La pasajero le miró con ojos de asombro, luego con incredulidad y finalmente como solo lo hacen aquellos que están dispuestos todo y que a la final, lo único que buscan es cómplices.
Según dedujo Efraín unos minutos atrás cuando ella le respondí las primeras preguntas que él le hizo, la muchacha iba “volada” para Armenia y no conocía casi nada de la ciudad donde estaban (Ibagué, por si se les ha olvidado), así que para alargar la conversación, él, dándosela de vivo, empezó a dar vueltas y más vueltas por los alrededores y a tomar rutas que más bien los alejaban del terminal de transportes antes que acercarlos.
De tanta vuelta en vuelta, terminaron frente a un estanco 24 horas, por lo cual, Efraín le preguntó a la muchacha si ésta tenía afán, a lo cual ella repuso que solo un poquito (cosa que al taxista le pareció más bien un “no, para nada”)que no se preocupara. Así que pitó animado, por la reja de la puerta del estanco se asomó un negrito despelucado, ojeroso y medio borracho; Efraín gritó desde el taxi que le llevara una paca de pocholas en lata, de las buenas. El muchacho se escondió en las profundidades del local comercial y cuando estaba abriendo la puerta para hacer la entrega del pedido, la muchacha se inclinó sobre la silla del conductor y acariciando muy sensualmente el cuello del taxista, le susurró al oído.
- Guaro chino... más bien mándese un franco de guaro. – Gritó Efraín entusiasmado.

Efraín estaba ya quedándose bizco cuando vio por el retrovisor que la muchacha le picaba el ojo mientras ingería agua ardiente directamente de la botella como si se tratara de jugo de mango y entre sorbo y sorbo comenzaba a cantar las alegres y disonantes tonadas de reguetón que los parlantes vomitaban con toda la fuerza que era posible.
Cuando ya iba la botella por la mitad, la muchacha parecía “prendida”, él se ponía cada vez más caliente y la conversación pasó de azul cielo a rojo intenso, ella le propuso al insidioso taxista que cerca a la terminal de transportes había varios hoteles, que hicieran una paradita por allá y para confirmarlo, se le acercó a Efraín a la mansalva, lo atenazó con los brazos y empezó a besarle en el cuello. Sin decir una sola palabra, el taxista enfiló hacia la terminal volándose semáforos, pares y todas las direccionales, la cuestión era urgente.
Como él tenía promoción para aparcar el auto en la gasolinera junto a la terminal, cuando entró al lote de parqueo, la muchacha ya estaba en la silla junto a él, agachada sobre su regazo y proporcionándole sexo oral. Hasta ese momento, él nunca la había mirado de frente, así fue que por ello cuando ella lo miró directamente a los ojos, Efraín pudo notar que de los ojos de la muchacha salían rayitos rejos intensos, como el fuego mismo; notó como las uñas de la muchacha se ennegrecían y se alargaban como garras; la minifalda se transformó en una gran batola negra sucia y raída y los hermosos cabellos castaños en negros crespos enredados y por los que caminaban alegremente piojos, liendres y cualquier cantidad de bichos que ni él mismo con tanta experiencia en su rarocosómetro sabía describir.
Con el auto quieto, la música a todo volumen, los tragos en la cabeza y sintiendo tocar las puertas del cielo, no daba crédito a lo que sus ojos estaban totalmente seguros de ver, por ello sacudió la cabeza con fuerza, cerró los ojos y agarró entre sus manos el rostro de la muchacha para elevarlo y cuando imaginó que ella lo estaba mirando, él abrió los ojos. No se había equivocado.
Entre patadas, puños y gritos de auxilio, Efraín empujó a la muchacha debajo de la consola de mandos, ella se refugió entre la guantera, el suelo y la puerta del pasajero delantero gritando maldiciones y vulgaridades por el atrevimiento del amante enfadado.
Al momentico la gente llegó corriendo y rodearon la plaza de combate, y nos colegas ayudaron a sacar al asustado conductor del vehículo mientras éste se abrochaba la bragueta de los pantalones.
Mecánicos, expertos conductores de borradores (buses enormes de esos que atraviesan el país de cavo a rabo), colegas y hasta la señora de los tintos se acercaron para ayudar a sacar a la bruja del auto. A palazos, chirritos de agua bendita (siempre, en el gremio de los transportadores, alguien carga agua bendita por si acaso, pero los demás solo se enteran cuando es realmente urgente o muy tarde, pero éste no era el caso) barillazos y madrazos al fin pudieron sacar la bruja del escondite.A saltos que parecían vuelos cortos, la vieron perderse entre los dejados de alrededor, cuando la siguieron para darle muerte, descubrieron que ella había saltado sobre un prostíbulo a las espaldas del lote-parqueadero-gasolinera. Allí, en medio del barullo, la juerga, borrachos y salsa vieja, ninguno pudo dar con la ladrona de almas, pero alguien (nunca se supo quien con exactitud) afirmó que vio salir de la mano a un borracho y a una muchacha vestida de negro y perderse con rumbo desconocido en medio del parque frente al prostíbulo.