miércoles, septiembre 22, 2004

Dulces condenas

De pronto Juan muere de paro cardiaco a los treinta y tantos años mientras apura un trago de whisky, y como cínico que se respete, va derecho a la boca del infierno por decisión propia, donde lo espera su amigo Satanás quien está un poco enredado con una pelea de gatas a la entrada de sus dominios. Cuando ellas ven a Juan, se alebrestan aún más y mientras se tironean de los cabellos, la una grita “Juan es mío, yo soy la esposa; le di una vida entera y dos hijos”, la otra le responde “No, Juan es mío, yo soy la amante; le di alegrías y placeres”.
En esas, Sata se voltea al ver el rostro compungido de aquella pobre alma y le dice con voz cansada:

- Juan, amigo, vete para el cielo, ya has sufrido lo suficiente.