miércoles, septiembre 08, 2004

Crónica: Que no le pase a usted, señor ingeniero

Alfredo siempre había sido un tipo muy normalito, o por lo menos, eso era lo que él creía, porque no le pasaba nada raro o salido de contexto. No era ni muy alto ni muy bajo, ni gordo o flaco, tampoco inteligente o bruto, él estaba en ese rango social y cultural en que suelen estar la mayor parte de los seres humanos y aún así, hay espacio para considerarse especial. En la universidad nunca había sido el primero, pero tampoco se había tirado más que unas materias de cuando en cuando y hasta se había sacado una vez un par de cincos en asignaturas bien complicadas y ya se estaba empezando a creer el cuento de que él era su propio héroe; novias... había tenido una que él consideraba seria y que había llevado a su casa a presentarle a sus padres, pero la relación no duró más de un mes y pico, también había tenido dos o tres aventuras por semestre, así que mojaba la tripa con cerveza cuando no había otra opción. Amigos, contaba con tres de mucha confianza y tenía la esperanza de fueran más. Así que era un tipo como cualquiera, y él lo sabía y estaba tan orgulloso de ello que ni cuenta se daba, y a veces, en la calle cuando pasaba junto a algún conocido y éste no le notaba ni por nada, él se sentía poderoso, porque era el hombre invisible e iba donde le viniera en gana sin ser notado o llamar la atención, pero cuando estaba borracho, las cosas eran a otro nivel y la tortuga ninja que habitaba en él, a veces hacía sus apariciones magistrales.
Pero no siempre la vida había sido así de tranquila, ahora estaba en serios problemas; por la dedicación nocturna a su bar, la quiebra repentina del mismo por malos manejos, la alegría típica de la ineptitud y el abuso sistemático de un amigo muy querido, estaba prácticamente en la ruina, en la universidad iba perdiendo el semestre y lo más posible sería que le expulsaran y para colmo de males, en la casa estaban que lo echaban porque nunca aparecía y si lo hacía, era para pedir dinero o borracho. Su padre, un ingeniero mecánico por profesión y perro por decisión, ya estaba mamado de tener que subvencionar las parrandas del chico, las quiebras obtusas y su madre, una ingenua mujer sumisa, estaba empezando a perder los estribos. Hacía ya dos años que era lo mismo y Alfredo no parecía reaccionar.
Claro que no todo era tan malo, por lo menos esos era lo que él creía. Gracias a la compañía de Angélica, la soledad, los errores y las frustraciones eran tolerables; ella lo amaba, de eso estaba seguro. Con Laura (la novia seria) había planeado casarse el año anterior, por allá a finales de enero, pero las finanzas no habían sido las esperadas ni la fidelidad tampoco; Laura le había puesto los cuernos con Care-chancla en una fiesta de final de semestre, luego con Estaban Delgado en año nuevo y finalmente con una antigua aventura de él mismo frente a sus narices y sin ser invitado a la fiesta (que fue lo más traumático para él). Total, a Alfredo no le quedaba más que aceptar la compañía de Angélica, esperando que no le fuera a ser infiel con uno de los amigos que hasta ahora le quedaban, con la abuela Sonia que estaba medio loca o la tía Julia que casi estaba seguro era lesbiana. Angélica por su parte, lo quería, a su modo muy particular, alucinante y empalagoso, pero lo hacía y él estaba contento. Pero gracias a ello, se había quedado sin uno de sus amigos (no tanto por la quiebra del bar forzada por uno de ellos) que antes había sido la pareja oficial de ella, pero así era la vida, daba muchas vueltas y esta vez, la ruleta loca le favorecía a él.
Claro que quien es de buenas en el amor, tiende a no serlo en el juego o en la salud, cuando el memorando de la universidad llegó a la casa esa mañana en que él se suponía debía estar en clases, fue recibido por su padre, quien por casualidad del destino había parado en la casa el fin de semana y Alfredo no se había ni enterado. Ah, nuestro amigo no estaba en clases, como se habrá de suponer, estaba en Melgar, en uno de los hoteles de medio pelo junto a la carretera divirtiéndose de lo lindo con su flamante novia rubia y gastándose el dinero que debía haber sido utilizado para realizar unos cursos de diseño que él debía haber visto al principio de la carrera, pero que por estar bebiendo y jugando pimpón no había tomado.
Cuando llegó a casa en la noche, el escándalo fue brutal; hasta la abuela loca le gritó, su madre le tiró la ropa a la cara para que la metiera donde pudiera y su padre, ni le prestó atención cuando él trató de negociar las cosas. Pero ya era muy tarde, de la universidad le avisaban al chico que su petición para iniciar la segunda fase de la carrera sería frenada hasta que no terminara la totalidad del ciclo tecnológico, que según sus padres, él había terminado hacía ya dos largos semestres donde lo había visto muy poco los fines de semana y en las noches.
Arrimado, arruinado fue a dar con sus trapos, dos o tres libros, un cuaderno viejo y las ilusiones rotas a la casa de su tía la lesbiana, quien muy contenta le recibió, pero ella también impuso condiciones: no era mayor cosa, pero Alfredo tuvo que aprender a cocinar, trapiar, tender su cama, lavar ropa a mano y hasta hacer masajes si quería tener donde dormir y algo para comer mientras conseguía un trabajo.
Aunque las predicciones no le favorecieran, Angélica no le dejó, antes le colaboró como pudo y hasta lo colocó en el taller mecánico de su viejo; a la final, Alfredo había estudiado unos cuantos semestres de ingeniería mecánica y sabía armar y desbaratar un motor. ¿O no?
La verdad era que no, el muchacho a duras penas sabía lo que era un piñón, para él, las correas se utilizaban para amarrar los pantalones que él no tenía y de termodinámica sabía que era algo muy parecido a filosofía hidráulica, pero nada más. Si se preguntan cómo fue que el chico pudo llegar hasta cuarto semestre, pues tendremos que admitir que la vida, las universidades y los profesores a veces ni lo comprenden, pero sucede y él era un buen ejemplo de ello.
Sin pena ni gloria salió de la universidad, primero porque no tuvo forma de pagar cursos remediales para nivelarse y porque ella misma lo suspendía durante un semestre. Bueno, eso fue lo que le comentó a sus amigos, quienes apesadumbrados, pero hartos del comportamiento del muchacho, le dieron apoyo, confianza y hasta le consiguieron un par de entrevistas de trabajo en mejores sitios que no fueran el taller del suegro.
Por un tiempo, nadie supo nada de Alfredo, quizá debieron pasar casi unos seis meses hasta que al fin apareció; se veía cansado, algo flaco, con unas ojeras tan largas y pesadas que de solo mirarlas daba sueño, despelucado y fumando como lavandera mueca. Por ningún lado apareció Angélica que parecía una calcomanía pegada a él, pero ninguno de los estudiantes de último semestre de ingeniería se atrevió a preguntar algo, pues suponían que algo estaba pasando y si él no lo decía, era mejor callar.
Esa noche que por casualidad se encontraron todos en un cafesito del centro de la ciudad, Alfredo les comentó que estaba sin trabajo y aseguró que vender seguros de vida y planes de salud no era lo de él, que era un ingeniero y que a como diera lugar, muy pronto lo sería. Ninguno volvió a hablar de la profesión durante el resto de la larga noche de cervezas en la que como siempre (hasta en los buenos tiempos) Alfredo no gastó ni un merlaco ni para pagar las decenas de cigarrillos que se fumó o la canasta de cervezas que se bebió solito.
Dos o tres fines de semana después, la historia fue la misma y así volvió a pasar un par de veces más pero esta vez apareció acompañado de Angélica, hasta que Alfredo no volvió a encontrar a nadie que le respondiera sus llamadas o que apareciera por casualidad en los sitios de siempre donde se encontraba con sus “parceros”...
No pasó mucho tiempo hasta que un día (casi un año y ya todos estaban graduados), Luis F el más ruidoso y borracho del grupo, contestó el teléfono de su casa y escuchó la voz de Alfredo al otro lado; pedía urgente que le diera el número de uno de los chicos que había estudiado Derecho en la época que ellos habían estado en la universidad. Luis F, para salir del paso le dio el número pero antes de colgar le preguntó para que era que necesitaba hablar con el doctor “Locha”(forma en que tenían apodado al abogado desde que se conocieron), pero Alfredo contestó que deseaba cobrar una platica que no le habían pagado en la empresa donde trabaja y que necesita ayuda legal. Después de despedirse y prometerse mutuamente que se reunirían muy pronto como en los viejos tiempos, colgaron y ninguno volvió a saber del otro sino hasta un año larguito después, pero por el periódico.
Angélica, según presumían los muchachos del grupo, era tan o más bandida que las zorras con las que solía disfrutar de unos tragos o matorrales a Alfredo, por lo cual, en más de una oportunidad le habían hecho comentarios al respecto, pero la cosa había sido para problemas así que normalmente era mejor no hablar de temas “susceptibles”.
El diario de la pequeña ciudad publicó un domingo la extraña historia de la monita y el empresario de modelos que más o menos decía así en la siguiente síntesis que les presento. “Hoy fueron condenados a siete años de prisión el señor Fulanito De Tal prominente político de la región y dueño de la empresa de modelos “El Palmar” y Angélica xx a cinco y medio por secuestro con finalidades de abuso carnal violento, corrupción y utilización de drogas psicotrópicas en menor de edad (12, 13 y 14 años respectivamente). Los dos criminales fueron capturados en flagrancia en un prestigioso motel a las afueras de la ciudad por parte del Cuerpo Técnico Judicial en colaboración con una de las niñas desaparecidas.”
De Alfredo, sus viejos compañeros de estudio no volvieron a saber sino hasta hace muy poco, cuando uno de ellos, que es ahora docente de la misma universidad donde se conocieron, se lo encontró en la ventanilla de matrículas para cursos libres y él le contó a Luis F, del conspicuo encuentro, a lo cual, el muchacho respondió con una pregunta
- ¿Y el hijueputa ese dijo cuando me va a pagar toda la plata que me debe? –