viernes, septiembre 03, 2004

Cazando Mariposas (Cuarta parte)

Como vivía a tan solo unas calles, cuando Miguelito llegó jadeante al lugar de la captura (porque extrañamente se creyó con jurisdicción); había un bulto de huesos, mugre y trapos revolviéndose en el asfalto, gimiendo del dolor e implorando piedad.
La policía aún no había arribado aún y solo estaban en el lugar de los hechos Miguelito en medio del torrencial aguacero que se acababa de desgajar de los cielos rotos de la ciudad, el celador del edificio donde vivía la víctima y que apuntaba hacia el suelo con su enorme y vetusta escopeta como salida de la guerra de los mil días, uno de los técnicos que había colaborado en el levantamiento del cadáver al medio día, el padre de la niña y ni una de las cientos de cabezas desde las ventanas aledañas que no quería perderse la paliza al asesino e indiscutible violador de la infante (“Cosa curiosa -se dijo mentalmente Miguel – mientras miraba los alrededores- no hay sapos...raro”)
Ahora, Miguel se enteraba por los fríos comentarios espasmódicos que hacía al victimario mientras le pateaba una y otra vez el padre de la niña de que se presumía una violación según el estudio de medicina legal.
¿Tan rápido dieron su concepto? Se volvió a preguntar Miguelito, conocía muy bien al furioso hombre, ya que era prácticamente su jefe directo el cual aún no se había percatado de la presencia de su subalterno en el enceguecido frenesí de la venganza.
Miguel, de pronto escuchó susurros a lo lejos, un muchacho, se quizá unos quince años, observaba aterrado desde la entrada del edificio de apartamentos abrazado a una mujer en bata que lloraba desconsolada.
El hombre, en un esfuerzo sobrehumano, se puso de rodillas y avanzó hacia el separador de la pequeña avenida que atravesaba el barrio residencial, pero de un patadón fue a dar con sus huesos contra el sardinel y la sangre que emanó de su cabeza se mezcló con la lluvia y el barro.

- Negro hijueputa... – Le decía una y otra vez con la mayor de las calmas el fiscal delegado al indigente mientras se acomodaba para seguir asestando puntapiés para los cuales no podía defenderse, pues Miguel imaginó que lo único que deseaba era no ahogarse entre el barro y el agua.
- Doctor, tiene que apurarse – Dijo el técnico mientras apagaba un radio envuelto en plástico y que posteriormente guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta del CTI. hizo una pausa en la que habló tapándose la boca y solo le escuchar su interlocutor a travez el del radio y luego dijo - Mierda. La policía ya viene...

Miguel, que estaba junto a su jefe y entre el celador, fue disparado hacia atrás por el fuerte brazo de la ley y desde el suelo, sumido en la impotencia del espectador silente observó como aquél hombre respetable, que tanto había admirado por su rectitud a prueba de corrupción, tomaba la escopeta del celador, se devolvía en dirección al indigente que se arrastraba para escapar en dirección a un enorme lote baldío, y sin chistar una sola palabra, oprimió dos veces el gatillo y el eco de las explosiones se confundió con los rayos que caían sobre la iglesia a unas cuantas calles de allí. Los perdigones destrozaron la parte trasera de la cabeza del bulto y los ecos se perdieron en la profundidad de la tumultuosa noche. Los dos fiscales se miraron mutuamente durante un par de segundos en silencio, sin saber que decir o como articular palabras. Mientras tanto, el técnico se acercó con disimulo, recogió las cápsulas, y la escopeta que ahora reposaba en el suelo, metió todo en una bolsa negra como las de basura y se metió en el edificio sin si quiera prestar atención al rostro atónito del muchacho y a las lágrimas vivas de la mujer. A lo lejos, las sirenas de las patrullas se escuchaban como el grito de apareamiento de un ave prehistórica que se acerca y no se ve, porque el laberinto se iba cercado y lebando sus muros en torno a los dos abogados.