lunes, agosto 16, 2004

Yo, Metacho

En estos días, por una casualidad extraña de la vida, terminé de nuevo metido en un concierto de rock y por voluntad propia. Hacía ya más de un año que no asistía a algo por el estilo, y había sido de Grunge y en Seattle, así que la verdad, estaba más prevenido de lo que cualquiera pudiera imaginar, pues soy sumamente indefenso físicamente y para que, pero estaba un poco nervioso por los pogos y el trato.
La entrada fue tan simple que me impresionó, económica y la compañía a nuestro rededor fue tan agradable, que llegué a pensar que no me encontraba en medio de un concierto de rock pesado; así que la cosa cambió del cielo a la tierra en menos de cinco minutos y la prevención fue reemplazada automáticamente por la buena energía del poder musical.
Con mí floresita rockera escuchamos de todo, desde champeta con guitarras eléctricas que dan náuseas hasta el metal más soberbio con las voces más impresionantes (fenomenales) de mí pequeña ciudad. ¿Cómo pueden cantar así, ah?
Lo más interesante de todo es que no había polochos por ninguna parte y la paz era lo único que reinaba, pero lo que más me agradó, fue que parecía que todos los que estábamos allí, éramos amigos, así nunca nos hubiéramos cruzado en la vida. Eso no se ve en un concierte de vallenatos... puedo dar fe de ello.
Obviamente no soy muy común y por mí propia naturaleza llamo la atención, pero allí nadie me importunó y tampoco me irrespetaron, en absoluto; me sentí a mis anchas y disfruté del espectáculo cultural como se debe, es decir, en paz y con una fría botellita de agua en la mano que me duró muy poco por el calor, pero la pasé bien.
Así que si los invitan a un concierto de rock, no lo duden, vayan, disfruten, salten, griten, y vivan la música, que es propiedad pública y parece que solo le hace daño a los que se quedan desprogramados.
Pero por favor, a los que el rocksito no les gusta, NO VAYAN DISFRAZADOS DE LO QUE NO SON