lunes, agosto 23, 2004

Cigüeñal

¿Quién conoce más la patria, sus recovecos y los rincones más interesantes? ¿Quién puede tener sus nacidos en Antioquia, Cauca, La Guajira y vivir con todos ellos en Ibagué?
Pues si señores, si pensaron que se trata de un camionero, tenían razón pero también pueden equivocarse; ese eterno nómada que lleva el correo, las frutas de cosecha, carros, repuestos para el Pc, ropa, los balones de fútbol para que los niños sean felices... en fin, tanta cosa que es imposible enumerarla toda, pero que ya es tan necesaria para nuestra sociedad, que a la final, ellos la transportan toda, pero con ayuda.
Pero como viajar solo, sin ayudante es un martirio, porque uno nunca sabe cuando se va a pinchar o algo puede pasar, se necesita un ayudante, un amigo, un hermano de cruzeta y bayetilla y así llegó a la vida de Flecha el señor Cigüeñal, una lluviosa tarde de enero de hace más de veintidós años en la ciudad de Pasto, cuando también su hijo nació.
Llegó como llegan todas las buenas intenciones, en los brazos de los amigos y con esa radiante fe en los ojos de que la vida, a pesar de lo dura que es, puede ser mejor.
Flecha, que por esos días, estaba algo aturdido por la inminente posición de saberse padre de familia, se vio embelezado frente aquél manojo de pelo amarillo, ojos cafés y orejas largas; no es que pensara más en él que en su hijo, sino que, hacía menos ruido a pesar de la caca y los orines, y en él no tenía puesta la esperanza del futuro, simplemente, le parecía simpático y con ello le bastaba.
Su esposa, al principio de negó a recibirle con el Encarte Amarillo, como lo llamó desde el primer momento que lo vio; pero al verlo caminar, irse de lado y caer dormido donde daba con sus huesos en el suelo, no hubo remedio, el Encarte Amarillo ganó. Y Flecha fue feliz, tenía dos hijos, un buen trabajo, aunque ruda era la situación, como siempre, afrontó la realidad con esperanza y sudor.
Tres días después del nacimiento de su hijo, el teléfono resonó en el diminuto apartamento en las afueras de uno de los tantos barrios residenciales de clase media de la ciudad y Flecha contestó animado, sabiendo que se trataba de trabajo. “pan y agua de panela para la familia, si señor...” se dijo mientras miraba al manojo de pelos amarillo acostado sobre el sofá de la casa y que aún no tenía nombre.
Luego de varios minutos de discutir el tipo de carga con su nuevo contratante y el cuidado que debía tener con ella (se trataba de artesanía y debía ser supremamente cuidadoso) empezó a llamar a los números más usuales de aquellos que podían ayudarle en el viaje hasta Bogotá, porque solo no iba ni a la esquina y mucho menos con elementos tan delicados en el furgón. Pero a todos los ayudantes que llamó, por motivos casi divinos, no aparecieron o simplemente ya estaban en rutas con otros conductores. La situación era grave, Flecha lo sabía, pero ¿qué podía hacer?
Comentó el problema con su señora, y ella, medio cansada pero animada por acabar de alimentar al bebé, le preguntó en tono de burla, “¿y por qué no te llevas a la cosa esa?” mientras señalaba el bultico de pelos amarillos que roncaba juiciosamente en la sala.
Él como buen bromista, aceptó la proposición solo para importunar un poco más el disgusto de su esposa que aún no se acostumbraba a la peluda compañía y así, se dio inicio a una de las sociedades anónimas más extrañas de las carreteras colombianas.
Con su morral al hombro, el muchacho peludo sin nombre y con cara de enredos, Flechas se apareció muy a las tres de la mañana siguiente en la gasolinería - parqueadero – restaurante de la señora Julia, donde él tenía estacionada su tracto mula Mack. Al principio nadie notó mayor cambio y tampoco cuando lo notaron dijeron mayor cosa, suponiendo que se trataba de una carga más, pero algo singular.
Pero con el paso de las manecillas del reloj, los colegas fueron acercándose a saludar y contar las últimas noticias, tanto de la vida como de las rutas, hasta que uno de ellos preguntó “¿Cómo se llama el perrito?”. Flecha, aturdido por la madrugada (es que se había dado unas vacaciones prudenciales para acompañar a su señora en el parto y luego ayudándola a recuperarse de él) y por la pregunta que ni él mismo se había molestado en resolver pues le tenía i cuidado, simplemente elevó sus hombros y a modo de murmullo repuso “Hummm”.
La asamblea para poner nombre al cachorro duró hasta el amanecer, lo cual retrasó los viajes, pero el motivo era realmente importante, pues había que bautizar al nuevo ayudante de Flecha. Mientras se tomaban cafesito, envueltos en ruanas y miraban el estado tanto de llantas como de los motores, la señora Julia sugirió que se le pusiera el nombre del presidente, en honor a las nuevas políticas de ayuda social, Camacho amigo personal de Flecha, propuso que se le pusiera General, pues e veía por las patas que el perrito iba a ser enorme, Carracas conductor desde que Flecha tenía memoria, se aproximó y dijo que el cachorro debía llamarse Tarzán, porque según él había escuchado decir un día a su patrón, a los Labradores les gustaba mucho el agua, Tomás Eneas, por su parte, planteó que el perrito debía llevar un nombre que tuviera que ver con el oficio que iba a desempeñar, así que cuando ya el reloj marcaba las cinco y media y el sol ya se empezaba a colar como lluvia dorada desde la cima del Galeras y le envolvía como manto divino de la vida, sin saber como, ni por culpa de quien, el perro terminó siendo llamado de modo unánime por la asamblea como Cigüeñal.
Cigüeñal aprendió a vivir en el camarote y a saltar con el tiempo a la silla de adelante, y cuando el vidrio de empañaba, él le pasaba sin que Flecha le dijera, la pañoleta y hasta saludaba con la cola a los amigos que se cruzaban por el camino.
Flecha nunca había sido amigo de hacer ruido con la corneta, pero después de la muerte de uno de sus colegas en una de las peligrosas curvas de la bajada de Caucasia, Cigüeñal aprendió para que era que servía la cuerda que colgaba del techo como una cuelga de ropa mojada. Así que cuando él, a lo lejos veía a algún conocido, ladraba para que Flecha saludara a sus amigos con la corneta, cosa a la que le tocó acceder porque el perrito no se callaba. Así pasaron algunos años y Flechas aprendió a viajar únicamente con Cigüeñal, quien además de ser compañía, ayudaba, sobre todo cuidando la carga, con sus cinco sentidos siempre alertas y le pasaba algunas herramientas con la sola mención de ellas por parte de Flecha.
Pero una tarde de invierno y niebla continua bajo arduo cansancio de uno de los viajes más largos que había realizado el dúo dinámico (apodo que se habían ganado en Bucaramanga), Cigüeñal vio a lo lejos un par de puntos luminosos que identificó con facilidad mientras se acercaban de nuevo a casa, es decir, a Pasto. La carretera estaba en muy mal estado y Flecha no pudo soltar el volante para saludar a su amigo que se acercaba lentamente y el perrito no paraba de ladrar; Flecha desesperado disgustado porque no podía escuchar ni sus pensamientos, increpó a Cigüeñal “¡Debías pitar tú!” obviamente sin esperar que el perrito se moviera de su puesto de copiloto.
Pero para sorpresa del conductor, Cigüeñal, con mucho cuidado se acercó hasta que casi le tocó, saltó verticalmente y con sus poderosos dientes haló de la cuerda y saltó dos veces más, dejándose caer con todos sus 29 kilos y la corneta cantó tres veces seguidas con toda fuerza del aire comprimido proveniente del viejo motor americano.
Nadie más que Flecha se dio cuenta de aquella hazaña tan particular y tampoco la comunicó más que a su esposa que después de cuatro años se había acostumbrado a la canina compañía y a los dos hijos que ahora forman la familia.
Para celebrar, esa noche, Flecha sirvió una Águila helada a Cigüeñal, quien en su vida había probado una cerveza.
Luego de una semana de reposo, la sociedad humano - canina volvió a las carreteras y en uno de los restaurantes del Valle, muy cerca de Tuluá, después de parar a almorzar, Cigüeñal olfateó una Águila en la mesa de al lado a donde él y Flecha degustaban de un buen sancocho valluno y se armó la de Troya.
Bueno, en cierta medida, la culpa la tenía Flecha, pero no comprendía porque Cigüeñal, ladraba y ladraba, y no dejaba de mirar a la mesa junto a ellos. Al principio, Flecha supuso que se debía a que a veces el perrito no se la llevaba muy bien con desconocidos, luego, imaginó que el ruido se debía a que había pan sobre la mesa, pero al mirar, se dio cuenta de que nada de ello podía ser, porque solo una botella medio vacía y ámbar dominaba el mantel blanco de cuadritos rojos. Hasta que al fin, luego de tres minutos en que casi todos los presentes perdieron la paciencia, Flecha cayó en cuenta de lo que sucedía al ver cómo el perrito se saboreaba los bigotes. Sin imaginar otra alternativa posible, pidió al desconcertado mesero que le pedía el favor de hacer callar a su peludo acompañante o que lo sacara del restaurante, una Águila bien fría y lo antes posible, en un platón. Por lo cual, Cigüeñal, hasta el último día en que vivió, siempre al terminar sus potentes almuerzos cañoneros de camino, tomaba una amarga muy fría o sino, tenía una muy mala tarde, en que no salía del camarote, así estuvieran pasando frente al hermoso mar Caribe, donde Cigüeñal se abandonaba al impulso de la olas, cual delfín jugando entre las olas. Una vez, en la Guajira, había capturado una tortuga en plena resaca, y se la había llevado a Flecha como presente, pero éste, alarmado, la devolvió a la mar, no sin antes explicarle al perrito que estaba mal cazar animalitos silvestres, cosa que Cigüeñal comprendió muy bien, porque solo volvió a perseguir gallinas cuando algún avicultor se descuidaba y terminaba Flecha con un presente emplumado en su camarote que ya no había forma de devolver, sino que había que pagar, cosa que solía ser bastante frecuente en Boyacá, donde el can hasta había aparecido con un marranito entre colgando de su hocico.
Pero como los años no pasan en vano y la vida avanza cruelmente, Cigüeñal se fue poniendo viejo y a sus catorce años había perdido ya algunos dientes en sus famosas correrías de gallinas campesinas, pero aún así, seguía como fiel copiloto de Flecha, que estaba a punto de ver graduarse a su hijo mayor del bachillerato y en una de las travesías por la montañosa Colombia, el dúo tuvo que pasar la Línea al anochecer, cosa que a ninguno de los dos le agradaba, pero el contrato había que cumplirlo o sino, se perdía un cliente.
Debían de ser las nueve de la noche cuando Flecha notó una gran india fila de carros, bueses, camiones, automóviles, camionetas y taxis interdepartamentales detenidos en la vía. La noche era oscura, no había estrellas que contemplar y el radio se había dañado hacía ya un par de días, por lo que Flecha supuso que por ello no se había enterado de algún trancón por culpa de un derrumbe o un accidente (Flecha le tenía pavor a los accidentes, en su vida de camionero había visto muchos, y algunos, en colegas colegas cercanos, así que se santiguó y rezó un padre nuestro pidiendo al señor que no se tratara de nada maluco) pero se equivocó. Al cavo de varios minutos de espera, junto al cabezote apareció un encapuchado portando una enorme ametralladora y apuntó directamente a Flecha, indicándole que bajara de la tracto mula. En más de veinte años de caminar por toda Colombia, nunca había tenido la mala suerte de caer en un retén o ser asaltado y en consecuencia, su pulso cardíaco subió a las nubes como si tratara de un cohete.
Bajó de un saltó y dejó la puerta abierta, y todo estuvo bien hasta que el criminal le asestó un golpe en la cabeza con la culata del arma al conductor, el cual cayó al piso mientras descubría que de su cráneo escurría un hilito de sangre. Detrás de la humanidad golpeada salió Cigüeñal a toda carrera, que en su vida nunca había atacado a alguien y saltó con todas sus fuerzas sobre la figura del sujeto que apuntaba a su amo y estaba descuidado limpiando la sangre que ensuciaba su juguete de muerte.
No ladró, simplemente se abalanzó sobre el agresor como un rayo, le clavó sus viejos colmillos en la mano derecha y le arrancó a la fuerza un dedo en el forcejeo, mientras los secuaces del ladrón se acercaron corriendo y disparando a diestra y siniestra.
Flecha, totalmente aturdido y asustado se tiró de cara al suelo y se tapó la cabeza con los brazos, mientras le gritaba a su perro que saliera corriendo, pero Cigüeñal, encarnizado en su batalla personal no tuvo tiempo de reaccionar y fue ultimado sobre el frío asfalto de la sinuosa carretera.

Si ustedes tiene la suerte de pasa por la carretera de la Línea, entre Tolima y Quindío, junto a la virgen de los camioneros casi llegando a la cima de la loma, encontrará una pequeña placa metálica que dice: “Aquí yace Cigüeñal, amigo fiel”, déjele una rosita en honor a la amistad, porque hay almas que siempre estarán con nosotros, así parezca que no sepan hablar.

3 Comments:

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