martes, agosto 31, 2004

Cazando Mariposas (Tercera Parte)

John Nash, por medio de sus matemáticas, según recordaba Miguelito, había tratado de encontrar la casualidad numérica que probara la existencia de Dios, lo mismo que a su modo, Copérnico y Newton por medio de la observación de la mecánica celeste y la lógica, pero todos habían fallado. Ahora él, bajo el manto de los silogismos legales, trataba de adivinar, donde estaba Dios cuando algo como lo que él había visto apenas unas horas atrás pasaba.
Para darse un respiro, imaginó que el creador debía estar en otras dimensiones, ocupado con quizá alguna creación magnífica o en enredado tratando de salvar a algún santo de una muerte segura en medio de una guerra. Pero nada de ello le parecía plausible o por lo menos aceptable, nada le daba aliento, lo que pensara o le hubiesen dicho era en vano; simplemente la providencia no cuidaba de nada ni de nadie. El mundo era el infierno y él, uno de sus verdugos ciegos, sordos y mudos; un carcelero por profesión, un inquisidor que no había logrado la redención de ningún alma perdida. Los muertos seguirían muertos, los desaparecidos perdidos; nada podría hacer él por alguien.
Para no pensar, luego de intentar comer, se dirigió al pequeño estudio del apartamento que había arrendado hacía apenas unas semanas y que ya empezaba a ser invadido paulatinamente por juguetes, ropita de bebé, pañales, y cuanta cosa se le hubiese o no ocurrido a él. Pero al entrar allí, no pudo alejar de su mente otra vez las trágicas imágenes del cuerpo destrozado, y por supuesto, su computadora se trabó; no quiso encender.
Enfurecido, tiró un pesado ejemplar del código penal a la pantalla, la cual parpadeó ante la arremetida de su amo y señor.
- Mierda; Dios debe ser fabricante de computadoras - Dijo entre dientes pero no muy duro, porque después su esposa se enfadaba al escucharlo en sus ratos de herejía consumada. – si, orar no debe ser más que llamar a una línea 01-8000-DIOS AYUDAME que nadie contesta... siempre ocupada. ¿Cómo es que suenan las malditas grabaciones? – Hizo una pausa en la cual cambió de tono de voz, y empezó a hacer gestos exagerados como quien imita – “En este momento nuestras líneas se encuentran ocupadas; por favor siga insistiendo hasta que uno de nuestros asesores pueda contestar su llamado”. ¡Como si contestaran los putos! ¡Tanto niño muriendo y Dios ahí, sin hacer nada!.... – Le pegó una empujadita al Pc y lo volvió a resetear, para ver si por fin encendía – Por lo menos estas cosas vienen con manual, pero la vida no; la entregan sin garantía, sin líneas directas de atención al cliente... ¡Que estafa!. Pero eso si, recen dicen los curas... pero para que ellos sigan pecando y empatando a punta de escándalos y abusos de menores... para que no se les acabe el negocio redondito de culpar a todos por los errores de ellos y de Él. El diezmo es lo único que les importa... es como pagar IVA para que se traguen en cucas...

De pronto escuchó el golpe de la puerta al cerrarse y la voz aguda de su suegra saludando; de súbito Miguelito se calló. “Si la vieja beata esa me escucha, hasta me hace echar del trabajo” – Pensó el abogado mientras rápidamente se dirigía a cerrar la puerta del estudio y así tener unos minutos de privacidad, pero fue muy tarde.
- ¿Dónde está mí yerno? – Preguntó la madre de Sarah, con la desfachatez que solo pueden tener aquellas personas que se creen con derechos adquiridos simplemente por herencia. - ¿Por qué no ha venido a saludar?
- Mamá... – Repuso Sarah con desdén. – Está trabajando – Hizo una pausa larga, giró sobre sus pesados talones y se dirigió a la cocina, desde donde invitó a su madre a que le ayudara a hacer café.
- Él que va a trabajar... – Como algunas personas no se dan por vencidas nunca y tienen presupuestado importunar simplemente por que si, la atildada mujer agregó – Más deberían mandarles la plata del sueldo por correo; como hacen los gringos. La Fiscalía no hace nada... o sino pregúntale al Senador.
- Hola suegrita – Dijo Miguel asomando la cabeza por la puerta desde el corredor de servicio del apartamento, sacudió la mano como se despiden los infantes con afán y cerró la puerta con llave.

La insidiosa mujer se refería al escándalo de corrupción en el que se había visto envuelto el vecino del Penthouse y del cual había salido absuelto por falta de pruebas, según el fiscal general del cual era amigo íntimo. Sarah no tuvo forma de refutarle las insinuaciones, así que en susurros informó a su madre del caso tan horrible que le había tocado ser parte a Miguel y por el cual ella presumía no había podido comer y en la cita con el ginecólogo había estado completamente distante, casi como un fantasma. Después de despotricar por la actitud grosera de su yerno, la mujer se tomó el café con calma y muchas galletas danesas, bostezó un poco y le dio algunos consejos que dijo eran muy prácticos a su hija, para que mantuviera a su esposo siempre como una sedita. La muchacha, como siempre, hizo como si la escuchara mientras arreglaba la cocina y luego arreglaba la ropa para el otro día. Así que la mujer, viéndose algo olvidada, hizo lo mejo que sabía hacer: Al meditar “profundamente” sobre el escabroso asunto, la mujer se acercó a la mesita donde reposaba el teléfono y empezó a hablar como si estuviese en su propia casa, como si nada de aquello hubiera ocurrido al esposo de su hija, con una de sus amigas del juego de cartas de los miércoles en el club.
La conversación duró más de media hora en la que Sarah no comprendió nada coherente, no por falta de audición, sino de interés, pasó por al frente de su madre unas cuantas veces primero llevando ropa doblada, luego con una taza de café y unos biscochos y finalmente, se sentó a tejer en la sala, sobre una enorme mecedora de mimbre que ella había heredado de la abuela, hasta que al fin, su madre colgó.
Sarah en principio no notó mayor cosa en el rostro pálido de su madre, pero luego, le vio esa expresión de espanto que solo se dibujaba en sus facciones cuando algo estaba mal.
- ¿Qué pasó? – Preguntó al fin Sarah.
- Agarraron al asesino de la niña

Criticadera de cine 2

De “Belleza Americana” se pueden decir varias cosas, pero empezaré por las buenas:

La actuación del man que hace del suicida, es excelente.
El trabajo de fotografía es bueno.
Los monólogos del suicida son geniales
SI, LAS MUJERES DESPUÉS DE VARIOS AÑOS DE MATRIMONIO LO LLEVAN A UNO AL SUICIDIO.

Y lo malo:

A ver, yo sé que la vida de los Norte Americanos es muy aburrida y plana: un trabajo de oficina debe ser la muerte intelectual y espiritual de cualquiera, preocuparse solo por la hipoteca es una chanda, tener una hija (o) raro debe ser un martirio el hijueputa (pobresitos los padres de los bloggers), y para completar el cuadro depresivo, aguantarse en el cuello como soga hiriente la voz de tú esposa insoportable por DOS décadas debe ser lo más cercano al purgatorio... no existe discusión sobre eso, es muy respetable y todo lo que ustedes o cualquiera quieran hablar de eso, pero tampoco es para hacerle una película a una pendejada tan grande como la pueril vida de un tipo más que no tiene nada que aportar a la sociedad más que su muerte misma; es simplemente ridículo. Así que la película pierde su peso.



Después de ver “Río Místico”, llegué a la conclusión en la que suelo aterrizar cuando termino de ver una película de corte judicial... LA JUSTICIA NO EXISTE, NI PROVINIENDO DE MANO PROPIA....
Como siempre, las actuaciones de Penn, Robins, Bacon y la que hace de la esposa de Robins en la película, fueron geniales. Les recomiendo la bendita película, pero no sin advertirles, que como toda película del eterno baquero Eastwood, es larga, pero realmente entretenida y queda uno contento, porque vio una buena producción, con una excelente dirección, con actores serios y una historia coherente, que entre otras cosas, no tiene nada de raro que hubiese sido verdad.
¡Ah... se me olvidaba: ya entiendo porque carajos era que yo no quería verla!; pues la razón es muy simple. La temática es muy parecida al cuento que aún no he terminado y que ustedes, queridos lectores solo conoce hasta su segunda parte (Me refiero a Cazando Mariposas) y que mañana podrán seguir leyendo si termino la tercera parte (que para desventura de los afanados, no es el final y para desgracia mía no es la última, ya que el berraco cuento se alargó; pero no se alargó por Río Místico, sino porque me he acordado últimamente de otros detalles y es necesario incluirlos) y para concluir con el tema, les comunico que dichoso cuentico va para cuatro o cinco entregas.
Bien, volviendo al tema de principal interés en este Post, es decir, la película “Río Místico”, les recomiendo que la vean, no dejen de verla, en serio; pero eso si, tengan paciencia y consigan una buena compañía con la cual discutir luego lo que se vio, porque de resto, no tendría sentido.
Sin duda, ésta es otra de las películas a que nos tiene acostumbrados Penn, ya parece que es una constante saber que si él está en un filme, pues será una experiencia interesante asistir a las salas, alquilar o comprar el DVD (pero que sea original, no una copia ramplona) cosa que nos señala a finéfilos, por otra parte, que es mejor no dejar de ver una película también bajo el sello de Eastwood que hasta la música la compuso; así que cuando salga otra película de éste señor, galardonado con el Oscar, por favor véanla y diviértanse mucho, pero sobre todo, reflexionen sobre ella.

Fe de Ratas: Donde dice “cuentico” entiéndase el término como cuento corto; cuento que por esas cosas de la vida y que nadie puede controlar ya no es tan corto como su autor planeaba y que como cometió el error de publicarlo antes de terminarlo, pues ya le tocó finalizarlo, así se convierta en una novela de unas cuantas cuartillas.

Posdata al Post: ¿Siguen esperando Cazando Mariposas? Ya voy.... tengan paciencia... también tengo otras cosas que hacer y estudiar... no se desesperen y NO, NO ES RÍO MÍSTICO EN VERSIÓN CRIOLLA O COLOMBIANA... ES OTRA COSA, ASÍ QUE NO RAJEN ANTES DE LEER TODO...

El caso del poeta

Para mí el caso de un poeta, en esta sociedad que no le permite vivir, es el caso del hombre que se aísla para esculpir su propia sepultura.

Mallarmé.

lunes, agosto 30, 2004

MTV 2004 y los premios a los gangsters

Yo tenía la esperanza de ver a Avril, a Brit, a Matallica o aunque fuera a los peludos de Blink 182, a los mamones de Velvet Revolver o en su defecto a los Audio Slave. Pero no, les dio por hacer la noche de jíbaros o sino, la fiesta de las pandilla de L.A. Es que la única viejita rica era Jojo... y eso... porque la música de la cagona es muy chafa... pero bueno, Mandy tiene reemplazo.
¿Quién escucha a los putos esos de las faldas de colores? ¿Es que son Crishnas...? Igual fue interesante ver a Steve W y Alicia K cantando junticos... pero para eso me tocó esperar casi una hora de mierda, basura, cadenas de oro estrafalarias, escuchar un inglés repugnante que ni entendía a ratos “yo....yo”.... ¿...?
Beyonce está muy buena, pero ayer parecía suripanta de burlesque pero de un pueblo perdido a la orilla del missisipi; Marilyn Manson... ¡DI ALGO INTELIGENTE, LADY!
Las dos únicas cosas interesantes fueron ver a Tony Hawk en tabla cagado de la risa y a No Doubt diciéndole a los rap y pop....SATAN, CÓMETE MIS CALZONES
Ahora si nunca más MTV volverá a ser un canal normal; es el canal de los reallytis culos, rap descriteriado, culos planos, pandilleros y bazofia.

Versitos... de la patrie

¡Farce continuelle ! Mon innocence me ferait pleurer. Le vie est la farce á mener par tous!
Maintenant je suis maudit, i´ai horreur de la patrie. Le meilleur, c´est un sommeil bien ivre, sur la grève...

Melgar, capitál colombiana del PORNO

Algunas personas aseguran que también aparecen técnicos extranjeros de una empresa contratista que hace labores de fumigación para el Plan Colombia.
La empresa contratista señaló que solo se podía pronunciar el jefe de la misma y que estaba fuera del país.
EL TIEMPO consultó al respecto con la Embajada en Bogotá, donde negaron tener conocimiento del asunto. "No tenemos información de que sean estadounidenses ni de que tengan conexión con la embajada de Estados Unidos", dijo un vocero autorizado que solicitó copias de los videos para las confirmaciones de rigor.
Los discos compactos con las imágenes (que también comprometen a mujeres de Girardot) se han regado por toda la ciudad y han desatado un alboroto tal que hasta el procurador provincial, Pedro Miranda, tomó los micrófonos de una emisora local para advertirles a los habitantes que quien copiara o vendiera ese material estaría atentando contra la honra, la intimidad y el buen nombre de las personas que allí aparecen.
El hecho se ha convertido en una especie de leyenda urbana, a la que desde la vendedora de fritos del parque y el taxista hasta el más encopetado funcionario van adobando con nuevos detalles. Sus protagonistas -'actrices' conocidas por los lugareños y extranjeros que, según versiones, prestan sus servicios a programas de fumigación en la base de Tolemaida- no dejan de ser un plato suculento para el chisme pueblerino.
Son entre 7 y 12 películas -este diario conoció 3- y se consiguen hoy en tiendas locales a un precio que varía entre 5 y 15 mil pesos. Algunas, según se ve, fueron grabadas en famosas casaquintas del poblado.
Los videos no tienen nada que envidiarles a las producciones de expertos del porno. Las jóvenes, de 19 a 21 años, aparecen en escenas sexuales explícitas. Una de ellas, trigueña, de pelo negro, es abrazada por un extranjero musculoso, con un corte de pelo militar y un tatuaje en uno de sus brazos. Este, en inglés, le pide que se presente y ella dice: "Hello, me llamo Gloria* y tengo 19 años".
Otra, de pelo castaño claro y quien viste solo tacones, aparece con un extranjero de piel negra. "Hola, me llamo Marina* y tengo 21 años", se le oye decir.
"Esta creo que trabaja en un supermercado y la otra dicen que fue empleada de la base militar de Melgar", dijo a este diario un oficial que trabaja en la zona y conoce los videos.
En el pueblo, algunas personas aseguran que los hombres son técnicos y mecánicos adscritos a una empresa contratista, que realiza labores de fumigación para el Plan Colombia.
¿De dónde salieron?
Pero si existe misterio alrededor de los extranjeros, las versiones que se tejen en Melgar sobre cómo aparecieron y se distribuyeron los videos también tienen su toque de suspenso.
"Parece que a una de las niñas le prometieron dinero y no le pagaron. Entonces ella fue a la Fiscalía y puso un denuncio", aseguró la propietaria de un negocio a dos cuadras de la plaza, que prefiere no mencionar su nombre. "Me contaron que la Fiscalía allanó una de las quintas y cogió los videos. De la Fiscalía alguien los sacó y los empezaron a 'quemar' (copiar)", agrega.
Carlos*, un técnico en radio y televisión, tiene otra explicación. Según él, una de las mujeres habría denunciado ante las autoridades que la obligaron a participar de la grabación y que incluso la habrían golpeado. "Llamaron a declarar a los gringos. Ellos llevaron los videos y ahí se ve patente que las muchachas lo hicieron por su propia voluntad", relata.
Y hay quienes afirman que los videos los distribuyó uno de los extranjeros, despechado porque una de las chicas lo rechazó y otros que le han puesto un ingrediente de muerte diciendo que una de las protagonistas murió por el abuso en una de las orgías.

Who Wants To Live Forever

There's no time for us
There's no place for us
What is this thing that builds our dreams yet slips away
from us

Who wants to live forever
Who wants to live forever....?

There's no chance for us
It's all decided for us
This world has only one sweet moment set aside for us

Who wants to live forever
Who wants to live forever?

Who dares to love forever?
When love must die

But touch my tears with your lips
Touch my world with your fingertips
And we can have forever
And we can love forever
Forever is our today
Who wants to live forever
Who wants to live forever?
Forever is our today

Who waits forever anyway?


Words and music by, Brian May

domingo, agosto 29, 2004

El cansancio del soldado

La recuerdo bien, era otra; la primera vez la encontré desnuda y silenciosa, casi esperando que la arena se deslizara por su piel y rogando al destino por una lágrima que nunca llegó; me dijo que se alimentaba de mariposas de colores, de esas arco iris, mientras se dejaba abrazar por el pálido brillo de Selene y aspiraba el humo en silencio.
Luchando con el espejo que huía, le vi escabullirse, mientras me recitaba sus insensatos pasos, que ya nada era tan simple. La bestia que devora fantasmas al amanecer tras los rostros traslúcidos de Munch a nadie importó. La realidad ha despertado suspendida sobre las arenas de la nada; su cuerpos se ha quedado mintiendo, mientras la vida se va a vagabundear. A flotar...
Creo que algunos tatuajes de acero surcaban sus cabellos y le arrebataron en la típica ingenuidad de ser y, el viento le acarició el rostro como sin querer mientras yo me despedía. No hace mucho que parpadee y su cosmos feneció, las cenizas del imperio que dominaba a su antojo han quedado esparcidas por doquier, pero eso a ella ni a mí ya nos importa; escudo de cuero trenzado y acero en mano, ella ya no espera la arremetida, ya no espera al final.
No Atacaré.
Ahora, en el campo de la muerte, ella es menos que Ades: como varillas ardientes, el olor de la carne putrefacta entra por mis fosas nasales, la sangre negra de bestias y hombres sobre Marte me llega hasta las rodillas, y se ve allí, en los mismo laberintos de vidrio, donde laten las heridas, el susurro del pasado “Es el paso que camina raudo, arrastrando sus malditas cadenas y mí sangre la que sucumbe”.
Ella, sacude la cabeza desesperada, y de pronto, en su pecho anida Fénix, mis tropas ya no están, es la retirada.
La furia, no será más que una simple esperanza en la despedida; la amazona ahora alista sus armas y desenfunda las flechas que guarda en su carcaj, pensando que ya nada le detendrá. Presta se alista en las filas del ejército de los pánidas. Sus ojos brillan y una maliciosa sonrisa se dibuja en su rostro, ahora de piedra. La niña ha muerto sin bajar a la tierra. ¡Es la sinfonía anacrónica de ser¡
Pero ya no hay con quién luchar...

Pictures of YOU

I’ve been looking so long at these pictures ofI’ve been looking so long at theseYou that I almost beleive that they’re real i’vePictures ofBeen living so long with my pictures of you thatYou that I almost beleive that they’re real i’veI almost believe that the pictures are all I canBeen living so long with my pictures of you thatFeelI almost believe that the pictures are all I canFeelRemembering you standing quiet in the rain asRemembering you standing quiet in the rain asI ran to your heart to be near and we kissed asI ran to your heart to be near and we kissed asThe sky fell in holding you close how I alwaysThe sky fell in holding you close how I alwaysHeld close in your fear remembering youHeld close in your fear remembering youRunning soft through the night you were biggerRunning soft through the night you were biggerAnd brigther than the snow andAnd brighter and wider than snow andScreamed at the make-beleive screamed at theScreamed at the make-believe screamed at theSky and you finally found all your courage toSky and you finally found all your courage toLet it all goLet it all goRemembering you fallen into my arms cryingRemembering you fallen into my arms cryingFor the death of your heart you were stoneFor the death of your heart you were stoneWhite so delicate lost in the cold you wereWhite so delicate lost in the cold you wereAlways so lost in the dark remembering youAlways so lost in the dark remembering youHow you used to be slow drowned you wereHow you used to be slow drowned you wereAngels so much more than everything oh holdAngels so much more than everything oh holdFor the last time then slip away quietly openFor the last time then slip away quietly openMy eyes but I never see anythingMy eyes but I never see anythingIf only I had thought of the right words I couldIf only I had thought of the right words I couldHave hold on to your heart if only I’d thought ofHave hold on to your heart if only I’d thought ofThe right words I wouldn’t be breaking apart allThe right words I wouldn’t be breaking apart allMy pictures of youMy pictures of youLooking so long at these pictures of you but iLooking so long at these pictures of you but iNever hold on to your heart looking so long forNever hold on to your heart looking so long forThe words to be true but always just breakingThe words to be true but always just breakingApart my pictures of youApart my pictures of youThere was nothing in the world that I everThere was nothing in the world that I everWanted more than to feel you deep in my heartWanted more than to feel you deep in my heartThere was nothing in the world that I everThere was nothing in the world that I everWanted more than to never feel the breakingWanted more than to never feel the breakingApart all my pictures of youApart all my pictures of you

Así te pienso... lo siento.

Doping....

Que pena tan H P, si no se disculpa la viejita que se dopó, yo si lo hago por mí patria, Así que aquí va así los burócratas y sapitos de la federaciones locombianas de deportes no lo digan, pero yo si soy de los que piensa que NO TODO VALE, LOS MEDIOS IMPORTAN Y LA FINALIDAD TAMBIÉN, PERO DEBEMOS SER CORRECTOS:

DISCULPEN DEMÁS COMPETIDORAS... LA MEDALLA DE BRONE NO ES LEGAL, LO SENTMOS MUCHO; PERO ESA VIEJA NO ES COLOMBIA.

sábado, agosto 28, 2004

Cazando Mariposas

(Segunda parte)

A las cinco de la tarde, ya el caso estaba en manos del fiscal seccional y él, sin saberse como ni el porque, lo había transferido inmediatamente su jefe inmediato. Igual, Miguelito no podía dejar de pensar en aquél diminuto cuerpo prácticamente descuartizado, que él suponía, le había sido violada su sexualidad antes de morir.
El sargento había quedado tan aturdido por el cuadro de muerte, que además de llamar a los del CTI, le había llamado a él inmediatamente y por frecuencia oficial. ¿Para qué necesitaban un fiscal en la escena? El levantamiento había podido realizar el CTI o la DIJIN, no importaba; la práctica indicaba herramientas diferentes a las que él había aprendido en clase.

El fiscal miró por la ventana de su oficina y su mirada se perdió entre los transeúntes anónimos que circulaban en todas las direcciones; inconscientemente recordó que cuando su esposa le había dicho que estaba embarazada, él había deseado que fuera una niña, la hermanita que nunca tuvo, una princesita que sería su luz, su vida, su alegría.
Por ello su mente volvió como un resorte hasta el medio día, imaginando que la chiquilla muerta podía haber sido su sobrina o su futura hija. Volvió a sentir el ardiente sol caribeño tostándole los hombros a través del saco de paño; los átomos del cuerpo en descomposición regresaron a sus fosas nasales; de nuevo vio la carne revuelta sobre los huesos de la cabeza sin rostro, solo con un manojo de cabello alborotado. Y finalmente, la irónica sonrisa de triunfo de uno de los auxiliares.
Uno de los técnicos había encontrado un zapatico junto a la carretera, en la dirección que venían las huellas un objeto medio enterrado en el fango y al notar la clase de prenda que era, ni lo había pensado durante más de un segundo de asombro, con unas delicadas pinzas que sacó de un morral, con mucho cuidado lo había arrebatado al olvido e introducido en una bolsa y se había ido lo más rápido que pudo a mostrar la prueba al abogado, que no se encontraba en muy buenas condiciones en ese momento, pero no había otra alternativa. El fiscal vomitaba de los nervios y la estupefacción, sin poder extirpar de su mente el sangriento acontecimiento, apoyado en su pequeño auto particular junto a la orilla de la carretera presintiendo que iba a escupir hasta los riñones, con estupor observó las formas delicadas del pequeño zapato dentro de la bolsa ya sellada. Habían descubierto la identidad de la víctima y ahora de verdad si que estaba realmente nervioso, tanto supuso perdería el conocimiento, pero afortunadamente no fue así.
El fiscal apuró la taza de café de un solo sorbo y el amargo peso de la acidez estomacal del grano tostado diluido en agua le avisó que había olvidado almorzar otra vez; pronto sentiría el embate de la gastritis y luego creería que su cuerpo se quebraría por la mitad mientras los ojos se le salían de las cuencas para nunca más volver a su plaza genética. Para sacarse esos pensamientos de encima, se paró de un salto del escritorio; cientos de folios que tenía sobre las piernas y que también había olvidado a qué caso pertenecían salieron volando como lluvia de papel. “Después los recojo”, pensó Miguelito que con desazón se dirigió a la oficina de su secretaria para tomar algunas galletas del cajón de beneficencia para El Jardín de los Abuelos y de paso, preguntar que había sucedido con el caso, pues ella, estaba mejor informada que el mismo DAS o el CTI sobre las cosas que pasaban a la rama judicial. No la vio por ningún lado ni o a los dependientes; pero no se preocupó, él era nuevo, ellos llevaban allí más de un par de años y le consideraban un cagonsito recién desempacado de la facultad con ínfulas de gomelito, así que nadie más que el computador que de vez en cuando le daba la gana funcionar correctamente le tenían respeto en su propio despacho.
Decepcionado pero con la certeza que da la claridad del trabajo cumplido, giró 180 grados y resolvió volver a su escritorio; aún debía trabajar una hora más y luego, iría a casa, tomaría una ducha y luego se dejaría llevar por brazos de Morfeo, muy lejos de la realidad.
- ¿Quién me mandó a calificar para fiscal? – la auto incriminación debería haber sonado indiscutible para alguien que pasara por casualidad junto a él, pero ni a Miguelito mismo le convencía - ¿A quién le miento?
- A usted mismo, doctor – La sentencia de una dulce voz fue directa, casi sardónica por el tono, pero realista. Y luego agregó sin dar tiempo a réplicas - ¿A qué hora sales?
Sin voltear lo supo, era Sarah; nadie más que ella podía abrir la boca para insultar y sus intenciones terminaban pareciendo un alagado un poco sarcástico. Nadie como ella podía despertar en el fiscal tan bajas y dulces pasiones; pero lo que le dolía, era que ella tenía razón y no había nada más que hacer.

viernes, agosto 27, 2004

Famosódromo en Google sobre links de colombianos

La siguiente lista, representa la cantidad de resultados por links de popularidad de algunas personas colombianas... para que se rían, pero es verdad... si no me creen, entren a google....
Resultados 1 - 10 de aproximadamente 1,610,000 de shakira. (0.29 segundos)
Resultados 1 - 10 de aproximadamente 228,000 de juan pablo montoya. (0.18 segundos)
Resultados 1 - 10 de aproximadamente 190,000 páginas en español de marvel. (0.09 segundos)
Resultados 1 - 10 de aproximadamente 151,000 de Alvaro uribe. (0.34 segundos)

Resultados 1 - 10 de aproximadamente 12,600 páginas en español de SAMUEL ROCA. (0.22 segundos)

Resultados 1 - 10 de aproximadamente 97,900 de carlos vives. (0.37 segundos)
Resultados 1 - 10 de aproximadamente 695 páginas en español de amparo grisales. (0.15 segundos)

¿Será que a la gente le gusta más Marvel que Amparito? ¿Y entonces, por qué Marvel no está presentando Protagonistas de Novela y Amparito si, ah?

Otra lista negra

Me disculparán las personas con inclinaciones anárquicas, pero no concibo al desorden y al descontrol, como un modo de revolución; tampoco, los factores armados, son un medio válido para lograr el desarrollo de los pueblos.... tengo unas cositas que decir antes de postear la siguiente parte del cuento que comencé ayer... pero primero voy con una preguntica:
¿Quién les dijo a ustedes que tenían el derecho a hacer y deshacer sin respetar los derechos del otro? O.... como preguntaría alguna vez el Fausto de Gethe: “¿Verdugo, quién te ha dado el poder?”
Hoy me enteré de que existe una nueva lista negra en contra de aquellos que se expresan en contra de la injusticia, las arbitrariedades y el abuso de poder. Entre los amenazados en la dichosa lista de la mano negra, van desde Carlos Gaviria hasta Angelino Garzón pasando por Antanas...
La verdad, se habían demorado en amenazar a personas que en realidad se preocupan por la sociedad civil, que son abiertos partidarios de la convivencia, el respeto y el intelecto ajeno, pero ellos, como muchos otros colombianos, no pueden soportar que el país del Sagrado Corazón de Jesús siga por el camino que va y por ello los quieren matar.
Que vergüenza tan macha han de sentir en estos momentos los ideólogos de derecha (la verdad en Colombia no hay ni izquierda ni derecha, sino una mano de ignorantes que no tienen la más remota idea de donde es que militan, sino es en organizaciones criminales, unas narcotraficantes bajo el manto del socialismo marxiano y los otros, como narcotraficantes también, pero salidos de la cuna del ejército) al ver que sus contra partes políticas, son más amados y respetados, pero por ser lo que son y no unos asesinos alzados en armas y que de paso se divierten secuestrando y financian sus actividades gracias a envenenar a los demás con drogas alucinógenas. Claro que si un tipo es capaz de amenazar a otro porque simplemente piensa necesario y de paso le dice que lo va a matar, pues amigos míos.... pierde toda ideología, toda política y nunca estuvo de acuerdo a alguna filosofía, sino al servicio del poder económico y la ignorancia.
Por favor, acuérdense que la Ética Pública no es solo para empleados estatales, sino para todo aquél que convive en una sociedad amparada por una constitución política donde se ratifican los derechos individuales y grupales.Ah... y si aún siguen con la dogmática idea de que van a cambiar el mundo, mejor piensen en cambiar ustedes y en respetar al vecino. Por favor comprendan que con más muertes no ganamos nada más que miseria y atraso.

Un apunte más que se me pasaba.... ¿Ahora es delito ir de escalada a los nevados? Por favor, yo quiero ver en la Constitución y el Código Penal colombianos donde es que se castiga con la pena capital semejante ofensa, al que viola esta ley que obviamente viola todos los tratados y consensos universales de Derechos Humanos.

jueves, agosto 26, 2004

Cazando mariposas

Introducción
Hace unos años, siendo apenas un adolescente, me contaron una horrible sucesión de hechos y actos que acaeció en mí ciudad natal (Ibagué, Tolima) y que muy pocas personas conocen debido a la naturaleza de los mismos y sus consecuencias.
He reformado algunos aspectos para evitar problemas y también, para presentar una narración a modo de cuento, para hacer más comprensible los eventos y su final desenlace.

(Primera Parte)

Miguelito llegó como todos; escondiéndose del sol tras sus lentes oscuros de boutique de andén, con el portafolios colgando del hombro derecho y fumando un cigarrillo para espantar el aburrimiento y el cansancio. Hacía ya más de diez horas que estaba de turno, y estaba a punto de votar la toalla; ser fiscal era para berracos y él ya con su primera jornada de 24 horas que aún no llegaba a la mitad pensaba en renunciar. Claro que con un bebé a punto de llegar, la deuda del apartamento y el auto no podía darse semejantes lujos, así que resignado se acercó lentamente al resignado sargento Pérez, quien había sido el primero en encontrar el cuerpo y ahora estaba sentado sobre la defensa trasera de la camioneta blanca y verde asignada a la estación cercana al Batallón.
Aún no había llegado la prensa, y así era mejor, “A veces – se dijo el fiscal – los periodistas por ayudar, terminan metiendo la pata”. Él recordaba más de una ocasión en que había estado seriamente comprometido gracias a los amigos de la pluma y la cámara; unas veces por exceso de información y otras, por falta de ella, cuestión que era la más complicada y la que usualmente pasaba. Así que se sintió aliviado al ver que nadie estaba interrogando a Pérez antes que él.
- Buenas, Sargento – Miguelito acentuó el título del policía, para que éste cogiera un poco de confianza, o por lo menos, viera que él le respetaba la antigüedad en la fuerza.
Sin mirarlo si quiera, Pérez respondió ido “¿Qué le ve de buenas?” no prestó atención a la presentación del abogado y prosiguió aspirando mecánicamente su cigarrillo sin filtro como si nada hubiese pasado o nadie estuviera a su lado. El fiscal se quedó pasmado, era cierto que ni el ejército ni la policía querían a la Fiscalía, ni siquiera la respetaban como institución más allá de los límites legales, pero aquella respuesta le había dejado atónito, porque el sargento, evidentemente estaba en shock nervioso, lo cual significaba que el caso no iba a ser complejo, sino que ya estaba jodido.
A sus veintitantos años, Miguelito había visto muchas cosas en su vida, y por ser abogado había presenciado muchas más de las que había deseado, así que al acercarse a la locación del delito, sacó de su portafolios una máscara plegable con la cual cubrió su boca y nariz. Según le habían informado por radio, el cuerpo parecía que llevaba tirado junto a la carretera ya unos cuantos días por el aspecto que tenía. “El olor de muerto es hediendo”, se dijo mentalmente el fiscal mientras avanzaba cuidadosamente sobre el terreno escarpado y enfangado que descendía de forma casi vertical hasta la putrefacta cuenca del río Combeima.
Después de sortear varias rocas, dos arbustos inmensos y resbalar por más de cinco metros, por fin llegó hasta el sitio acordonado, que para sorpresa suya, era un diminuto plan de no más de tres metros cuadrados. Dos técnicos del CTI, como malabaristas estaban tomando muestras desde hacía ya buen rato y otro, amarrado a uno de los arbustos que protegía de la vista desde arriba la hondonada, tomaba fotografías para documentar el expediente.
Los riñones, los intestinos y el corazón de la víctima se hallaban a un costado del cuerpo, depositados allí como si se tratara de algún ritual macabro; la piel del rostro le había sido arrancada y sus ropas no aparecían por ninguna parte.
La repugnancia y el espanto que causó a Miguel la horrenda presencia de la muerte, fue desapareciendo mientras los técnicos explicaban a su jefe directo, como ellos crían que la víctima había llegado hasta allí.
- Doctor, la trajeron... – Expuso finalmente Medina, quien señaló un caminito lateral dejado por las huellas de zapatos deportivos que ya no le fueron invisibles al fiscal y que él casi daña cuando se resbaló para llegar al lugar de los hechos
- ¿Quién pudo hacer algo así? – Preguntó de improviso el fotógrafo aterrado, que había estado en la plaza de muchas masacres, dos atentados terroristas y ya ni se acordaba cuantos homicidios.
- Solo una bestia – Únicamente atinó a responder Miguelito, pensando que la víctima no debía tener más años que su sobrina y que afortunadamente o hasta donde él sabía, debía estar en el colegio, a más de trescientos kilómetros de allí, en Bogotá.
- ¿Cuantos años cree, jefe? – Preguntó Rudas, mientras se rascaba la barbilla bajo su máscara antigases y se preparaba para ascender y llevar las muestras a la camioneta.
- Más de cinco no...

The Jocker... si encuentran una mejor descripción, solo exprésenlo

Some people call me the space cowboy
Some call me the gangster of love
Some people call me Maurice
Cause I speak with the prophecies of love

People talk about me baby
Say I'm doing you wrong, doing you wrong
Don't you worry baby don't worry
Cause I'm right here, right here, right here, right here at home

Cos I'm a pitcher, I'm a grinner
I'm a lover and I'm a sinner
I play my music in the sun
I'm a joker, I'm a smoker
I'm a midnight talker
I get my loving on the run

Your the cutest thing that I ever did see
Really like your peaches, wanna shake your tree
Lovy dovy, lovy dovy, lovy dovy all the time
O wee baby I wanna show you a good time

Cos I'm a pitcher, I'm a grinner
I'm a lover and I'm a sinner
I play my music in the sun
I'm a joker, I'm a smoker
I'm a midnight talker
I get my loving on the run

(by Steve Miller Band)

For you

If the destination is to exist
My life is not are a bloody joke;
Just, i was sand and time
Run across a clock;
In the land of no one
Close of freedom;
In my hell.

Sam Roca

Un cuento, para que se lo gocen...

Hoy no tengo muchas cosas que decir, quizá porque me la he pasado estudiando como loco... Esta joda de ser estudiante ya me está cansando, así que al mal tiempo, buena cara. Por ello, posteo éste cuentico, que cuando estoy aburrido, me da ánimo y le baja la espuma al chocolate...
Bien, disfrútenlo mucho, porque el cuanto con el que se van a encontrar es un fiel reflejo de lo que es la Colombia que amamos, pero que por gusto propio olvidamos.
Sam Roca



En la Diestra de Dios Padre

Este dizque era un hombre que se llamaba Peralta. Vivía en un pajarate muy grande y muy viejo, en el propio camino real y afuerita de un pueblo donde vivía el Rey. No era casao y vivía con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.
No había en el pueblo quién no conociera a Peralta por sus muchas caridades: él lavaba los llaguientos; él asistía a los enfermos; él enterraba a los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para dárselos a los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y a la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta mantenía en la casa. “¿Qué te ganás, hombre de Dios –le decía la hermana–, con trabajar como un macho, si todo lo que conseguís lo botás jartando y vistiendo a tanto perezoso y holgazán? Casáte, hombre; casáte pa que tengás hijos a quién mantener”. “Cálle la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi prójimo a quién servir. Mi familia son los prójimos”. “¡Tus prójimos! ¡Será por tanto que te lo agradecen; será por tanto que ti han dao! ¡Ai te veo siempre más hilachento y más infeliz que los limosneros que socorrés! Bien podías comprarte una muda y comprármela a yo, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llenáramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afanás por lo tuyo: tenés sangre de gusano”.
Esta era siempre la cantaleta de la hermana; pero como si predicara en desierto frío. Peralta seguía más pior; siempre hilachento y zarrapastroso, y el bolsico lámparo lámparo; con el fogoncito encendido tal cual vez, la despensa en las puras tablas y una pobrecía, señor, regada por aquella casa desde el chiquero hasta el corredor de afuera. Figúrese que no eran tan solamente los Peraltas, sino todos los lisiaos y leprosos, que se habían apoderao de los cuartos y de los corredores de la casa “convidaos por el sangre de gusano”, como decía la hermana.
Una ocasioncita estaba Peralta muy fatigao de las afugias del día, cuando, a tiempo de largarse un aguacero, arriman dos pelegrinos a los portales de la casa y piden posada: “Con todo corazón se las doy, buenos señores –les dijo Peralta muy atencioso–;
pero lo van a pasar muy mal, porqu’en esta casa no hay ni un grano de sal ni una tabla de cacao con qué hacerles una comidita. Pero prosigan pa dentro, que la buena voluntá es lo que vale”.
Dentraron los pelegrinos; trajo la hermana de Peralta el candil, y pudo desaminarlos a como quiso. Parecían mismamente el taita y el hijo. El uno era un viejito con los cachetes muy sumidos, ojitriste él, de barbitas rucias y cabecipelón. El otro era muchachón, muy buen mozo, medio mono, algo zarco y con una mata de pelo en cachumbos que le caían hasta media espalda. Le lucía mucho la saya y la capita de pelegrino. Todos dos tenían sombreritos de caña, y unos bordones muy gruesos, y albarcas. Se sentaron en una banca, muy cansaos, y se pusieron a hablar una jerigonza tan bonita, que los Peraltas, sin entender jota, no se cansaban di oirla. No sabían por qué sería, pero bien veían que el viejo respetaba más al muchacho que el muchacho al viejo; ni por qué sentían una alegría muy sabrosa por dentro; ni mucho menos de dónde salía un olor que trascendía toda la casa: aquello parecía de flores de naranjo, de albahaca y de romero de Castilla; parecía de incensio y del sahumerio de alhucema que le echan a la ropita
de los niños; era un olor que los Peraltas no habían sentido ni en el monte, ni en las jardineras, ni en el santo templo de Dios.
Manque estaba muy embelesao, le dijo Peralta a la hermana: “Hija, date una asomaíta por la despensa; desculcá por la cocina, a ver si encontrás alguito que darles a estos señores. Mirálos qué cansaos están; se les ve la fatiga”. La hermana, sin saberse cómo, salió muy cambiada de genio y se fué derechito a la cocina. No halló más que media arepa tiesa y requemada, por allá en el asiento di una cuyabra. Confundida con la poquedá, determinó que alguna gallina forastera tal vez si había colao por un güeco del bahareque y había puesto en algún zurrón viejo di una montonera qui había en la despensa; que lo qu’era corotos y porquerías viejas sí había en la dichosa despensa hasta pa tirar pa lo alto; pero de comida, ni hebra. Abrió la puerta, y se quedó beleña y paralela: en aquel despensón, por los aparadores, por la escusa, por el granero, por los zurrones, por el suelo, había de cuanto Dios crió pa que coman sus criaturas. Del palo largo colgaban los tasajos de solomo y de falda, el tocino y la empella; de los garabatos colgaban las costillas de vaca y de cuchino; las longanizas y los chorizos se gulunguiaban y s’enroscaban que ni culebras; en la escusa había por docenas los quesitos, y las bolas de mantequilla, y las tutumadas de cacao molido con jamaica, y las hojaldras y las carisecas; los zurrones estaban rebosaos de frijol cargamanto, de papas, y de revuelto di una y otra laya; cocos de güevos había por toítas partes; en un rincón había un cerro de capachos de sal de Guaca; y por allá, junto al granero, había sobre una horqueta un bongo di arepas di arroz, tan blancas, tan esponjadas, y tan bien asaítas, que no parecían hechas de mano de cocinera d’este mundo; y muy sí señor un tercio de dulce que parecía la mismita azúcar. “Por fin le surtió a Peralta –pensó la hermana–. Esto es mi Dios pa premiale sus buenas obras. ¡Hasta ai víver! Pues, aprovechémonos”.
Y dicho y hecho: trajo el cuchillo cocinero y echó a cortar por lo redondo; trajo la batea grande y la colmó; y al momentico echó a chirriar la cazuela y a regase por toda la casa aquella güelentina tan sabrosa. Como Dios li ayudó les puso el comistraje. Y nada desganao qu’era el viejito; el mozo sí no comió cosa. A Peralta ya no le quedó ni hebra de duda que aquello era un milagro patente; y con todito aquel contento que le bailaba en el cuerpo sargentió por todas partes, y con lo menos roto y menos sucio de la casa les arregló las camitas en las dos puntas de la tarima. Se dieron las buenas noches y cada cual si acostó.
Peralta se levantó, escuro, escuro, y no topó ni rastros de los güéspedes; pero sí topó una muchila muy grande requintada di onzas del Rey, en la propia cabecera del mocito. Corrió muy asustao a contarle a la hermana, que al momento se levantó de muy buen humor a hacer harto cacao; corrió a contarle a los llaguientos y a los tullidos, y los topó buenos y sanos y caminando y andando, como si en su vida no hubieran tenido achaque. Salió como loco en busca de los güéspedes pa entregarles la muchila di onzas del Rey. Echó a andar y a andar, cuesta arriba, porque puallí dizque era qui habían cogido los pelegrinos. Con tamaña lengua a fuera se sentó un momentico a la sombra di un árbol, cuando los divisó por allá muy arriba, casi a punto de trastornar el alto. Casi no podía gañir el pobrecito de puro cansao qu’estaba, pero ai como pudo les gritó: “¡Hola, señores; espéremen que les trae cuenta!”. Y alzaba la muchila pa que la vieran. Los pelegrinos se contuvieron a las voces que les dió Peralta. Al ratico estuvo cerca d’ellos, y desde abajo les decía: “Bueno, señores, aquí está su plata”. Bajaron ellos al tope y se sentaron en un plancito, y entonces Peralta les dijo: “¡Caramba qu’el pobre siempre jiede! Miren que dejar este oral por el afán de venirse de mi casa. Cuenten y verán que no les falta ni un medio!”.
El mocito lo voltió a ver con tan buen ojo, tan sumamente bueno, que Peralta, anqu’estaba muy cansao, volvió a sentir por dentro la cosa sabrosa qui había sentido por la noche; y el mocito le dijo: “Sentáte, amigo Peralta, en esa piedra, que tengo que hablarte”. Y Peralta se sentó. “Nosotros –dijo el mocito con una calma y una cosa allá muy preciosa– no somos tales pelegrinos; no lo creás. Este –y señaló al viejo– es Pedro mi discípulo, el que maneja las llaves del cielo; y yo soy Jesús de Nazareno. No hemos venido a la tierra más que a probarte, y en verdá te digo, Peralta, que te lucites en la prueba. Otro que no fuera tan cristiano como vos, se guarda las onzas y si había quedao muy orondo. Voy a premiarte: los dineros son tuyos: llevátelos; y voy a darte de encima las cinco cosas que me querás pedir. ¡Conque, pedí por esa boca!”.
Peralta, como era un hombre tan desentendido pa todas las cosas y tan parejo, no le dió mal ni se quedó pasmao, sino que muy tranquilo se puso a pensar a ver qué pedía. Todos tres se quedaron callaos como en misa, y a un rato dice San Pedro: “Hombre, Peralta, fijáte bien en lo que vas a pedir, no vas a salir con una buena bobada”. “En eso estoy pensando, Su Mercé”, contestó Peralta, sin nadita de susto. “Es que si pedís cosa mala, va y el Maestro te la concede; y, una vez concedida, te amolaste, porque la palabra del Maestro no puede faltar”. “Déjeme pensar bien la cosa, Su Mercé”; y seguía pensando, con la cara pa otro lao y metiéndole uña a una barranquita. San Pedro le tosía, le aclariaba, y el tal Peralta no lo voltiaba a ver. A un ratísimo voltea a ver al Señor y le dice: “Bueno, Su Divina Majestá; lo primerito que le pido es que yo gane al juego siempre que me dé la gana”. “Concedido”, dijo el Señor. “Lo segundo –siguió Peralta– es que cuando me vaya a morir me mande la Muerte por delante y no a la traición”. “Concedido”, dijo el Señor. Peralta seguía haciendo la cuenta en los dedos, y a San Pedro se lo llevaba Judas con las bobadas de ese hombre: él se rascaba la calva, él tosía, él le mataba el ojo, él alzaba el brazo y, con el dedito parao, le señalaba a Peralta el cielo; pero Peralta no se daba por notificao. Después de mucho pensar, dice Peralta: “Pues, bueno, Su Divina Majestá; lo tercero que mi ha de conceder es que yo pueda detener al que quiera en el puesto que yo le señale y por el tiempo qui a yo me parezca”. “Rara es tu petición, amigo Peralta –dice el Señor, poniendo en él aquellos ojos tan zarcos y tan lindos que parecía que limpiaban el alma de todo pecao mortal, con solamente fijarlos en los cristianos–. En verdá te digo que una petición como la tuya, jamás había oído; pero que sea lo que vos querás”. A esto dió un gruñido San Pedro, y, acercándose a Peralta, lo tiró con disimulo de la ruana, y le dijo al oído, muy sofocao: “¡El cielo, hombre! ¡Pedí el cielo! ¡No sias bestia!”. Ni an por eso: Peralta no aflojó un pite; y el Señor dijo: “Concedido”. “La cuarta cosa –dijo Peralta sumamente fresco– es que Su Divina Majestá me dé la virtú di achiquitame a como a yo me dé la gana, hasta volveme tan chirringo com’una hormiga”. Dicen los ejemplos y el misal que el Señor no se rió ni una merita vez; pero aquí sí li agarró la risa, y le dijo a Peralta: “Hombre, Peralta; ¡otro como vos no nace, y si nace, no se cría! Todos me piden grandor y vos, con ser un recorte di hombre, me pedís pequeñez. Pues, bueno...”. San Pedro le arrebató la palabra a su Maestro, y le dijo en tonito bravo: “¿Pero no ve qu’esti hombre está loco?”. “Pues no me arrepiento de lo pedido –dijo Peralta muy resuelto–. Lo dicho, dicho”. “Concedido”, dijo el Señor. San Pedro se rascaba la saya muslo arriba, se ventiaba con el sombrero, y veía chiquito a Peralta. No pudo contenerse y le dijo: “Mirá, hombre, que no has pedido lo principal y no te falta sino una sola cosa”. “Por eso lo’stoy pensando; no si apure Su Mercé”. Y se volvió a quedar callao otro rato. Por allá, a las mil y quinientas, salió Peralta con esto: “Bueno, Su Divina Majestá; antes de pedile lo último, le quiero preguntar una cosa, y usté me dispense, Su Divina Majestá, por si fuere mal preguntao; pero eso sí: ¡mi ha de dar una contesta bien clara y bien patente!”. “¡Loco di amarrar!
–gritó San Pedro juntando las manos y voltiando a ver al cielo como el que reza el Bendito–. Va a salir con un disparate gordo. ¡Padre mío, ilumínalo!”. El Señor, que volvió a ponerse muy sereno, le dijo: “Preguntá, hijo, lo que querás, que todo te lo contestaré a tu gusto”. “Dios se lo pague, Su Divina Majestá... Yo quería saber si el Patas es el que manda en el alma de los condenaos, go es vusté, go el Padre Eterno”. “Yo, y mi Padre y el Espíritu Santo juntos y por separao, mandamos en todas partes; pero al Diablo l’hemos largao el mando del Infierno: él es amo de sus condenaos y manda en sus almas, como mandás vos en las onzas que te he dao”. “Pues bueno, Su Divina Majestá –dijo Peralta muy contento–. Si asina es, voy a hacerle el último pido: yo quiero, ultimadamente, que Su Divina Majestá me conceda la gracia de que el Patas no mi haga trampa en el juego”. “Concedido”, dijo el Señor. Y El y el viejito se volvieron humo en la región.
Peralta se quedó otro rato sentao en su piedra; sacó yesquero, encendió su tabaco, y se puso a bombiar muy satisfecho. ¡Valientes cosas las que iba a hacer con aquel platal! No iba a quedar pobre sin su mudita nueva, ni vieja hambrienta sin su buena pulsetilla de chocolate de canela. ¡Allá verían los del sitio quién era Peralta! Se metió las onzas debajo del brazo; se cantió la ruanita, y echó falda abajo. Parecía mismamente un limosnero: tan chiquito y tan entumido; con aquella carita tan fea, sin pizca de barba, y con aquel ojo tan grande y aquellas pestañonas que parecían de ternero.
Al otro día se fué p’al pueblo, y puso monte. ¡Cómo sería la angurria que se li abrió a tanto logrero cuando vieron en aquella mesa aquella montonera di onzas del Rey! “¿Onde te sacates ese entierro, hombre Peralta?, le decía uno. “Este se robó el correo”, decían otros en secreto; y Peralta se quedaba muy desentendido. Se pusieron a jugar. La noticia del platal corrió por todo el pueblo, y aquella sala se llenó de todo el ladronicio y todos los perdidos. Pero eso sí; no les quedó ni un chimbo partido por la mitá; por más trampas qui hacían, por más que cambiaban baraja, por más que la señalaban con la uña, les dió capote, con ser que en el juego estaban toditos los caimanes d’esos laos. “Con ésta no nos quedamos –dijo el más caliente–. A nosotros no nos come este... –y ai mentó unas palabras muy feas–. ¡Voy a idiar unas suertes, y mañana no le queda ni liendra a este sinvergüenza!”. Y ai salió del garito, echando por esa boca unos reniegos y unos dichos qui aquello parecía un condenao.
Al otro día, desdi antes di almorzar, emprendieron el monte. Hubo cuchillo, hubo barbera; pero Peralta tampoco les dejó un medio. Como no era ningún bobo, se dejaba ganar en ocasiones pa empecinarlos más. Determinaron jugar dao, y montedao, y bisbís, y cachimona y roleta, a ver si con el cambio de juegos se caía Peralta; pero si se caía a raticos, era pa seguir más violento echando por lo negro y acertando en unos y en otros juegos.
Lo más particular era que Peralta con tantísimo caudal como iba consiguiendo no se daba nadita d’importancia, ni en la ropita, ni en la comida ni en nada: con su misma ruanita pastusa de listas azules, con sus mismitos calzones fundillirrotos se quedó el hombre, y con su mismita chácara de ratón di agua, pelada y hecha un cochambre.
Pero eso sí: lo qu’era limosnas ni el Rey las daba tan grandes. Su casa parecía siempre publicación de bulas, con toda la pobrecía y todos los lambisquiones del pueblo plañendo a toda hora; y no tan solamente los del pueblo, sino que también echó a venir cuanto avistrujo había en todos los pueblos de por ai y en otros del cabo del mundo. ¡Hasta de Jamaica y de Jerusalén venían los pedigüeños! Pero Peralta no reparaba: a todos les metía su peseta en la mano; y la cocina era un fogueo parejo que ni cocina de minas. Consiguió un montón de molenderas, y todo el día se lo pasaba repartiendo tutumadas de mazamorra, los plataos de frijol y las arepas de maíz sancochao. Y mantenía una maletada de plata, la mismita que vaciaba al día.
Siguió siempre lavando sus leprosos, asistiendo sus enfermos, y siempre con su sangre de gusano, como si fuera el más pobrecito y el más arrastrao de la tierra.
Pero lo que no canta el carro lo canta la carreta: ¡la Peraltona sí supo darse orgullo y meterse a señora de media y zapato! Con todo el platal que le sacó al hermano, compró casa de balcón en el pueblo, y consiguió serviciala y compró ropa muy buena y de usos muy bonitos. Cada rato se ponía en el balcón, y apenas veía gente, gritaba: “¡Maruchenga, tréme el pañuelo de tripilla, que voy a visitar a la Reina! ¡Maruchenga, tréme los frascos de perjume pa ruciar por aquí qu’está jediendo!”. Y si veía pasar alguna señora, decía: “¡No pueden ver a uno de peinetón ni con usos nuevos,
porqui al momento la imitan estas ñapangas asomadas!”. Cuando salía a la calle, era un puro gesto y un puro melindre; y auque era tan pánfila y tan feróstica caminaba muy repechada y muy menudito, como sintiéndose muy muchachita y muy preciosa. “Maruchenga, dáca la sombrilla qui hace sol; Maruchenga, sacame la crizneja; Maruchenga, componeme el esponje, que se me tuerce”; y no dejaba en paz a la pobre Maruchenga, con tanto orgullo y tanta jullería.
La caridá de Peralta fué creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y él mismo pagaba las medecinas, y él mismo con su misma mano se las daba a los enfermos.
Esto llegó a oídos de su Saca Rial y lo mandó llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le decían que se mudara y se engalanara hartísimo pa ir a cas del Rey; pero Peralta no hizo caso, sino que tuvo cara de presentársele con su mismito vestido y a pata limpia, lo mismo qui un montañero. El Rey y la Reina estaban tomando chocolate con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y le sirvieron vino en la copa del Rey qu’era di oro, y l’echaron un brinde con palabras tan bonitas, qui aquello parecía lo mismo que si fuera con el obispo Gómez Plata.
Peralta recorrió muchos pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes socorría a los pobres; pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a levantale testimonios. Unos decían qu’era ayudao; otros, qui ofendía a mi Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu’era duende y que volaba de noche por los tejaos, y qu’escupía la imagen de mi Amito y Señor. Toíto esto fué corruto en el pueblo, y los mismos qu’él protegía, los mismitos que mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el curita del pueblo lo defendía; pero nadie le creyó, como si fuera algún embustero. Toditico lo sabía Peralta, y nadita que se le daba, sino que seguía el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le decía que compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y animales que si habían apoderao d’ella; y Peralta decía: “¿Pa qué, señor? La plata qu’he de gastar en eso, la gasto en mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio”.
Estaba un día Peralta solo en grima en dichosa la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir, cuando, ¡tun, tun! en la puerta. Fué a abrir, y... ¡mi amo de mi vida! ¡Qué escarramán tan horrible! Era la Muerte, que venía por él. Traía la güesamenta muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera encabada en un palo negro muy largo, y tan brillosa y cortadora que s’enfriaba uno hasta el cuajo de ver aquéllo! Traía en la otra mano un manojito de pelos que parecían hebritas de bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo cortaba en el aire. “Vengo por vos”, le dijo a Peralta. “¡Bueno! –le contestó éste–. Pero me tenés que dar un placito pa confesame y hacer el testamento”. “Con tal que no sea mucho –contestó la Muerte, de mal humor– porqui ando di afán”. “Date por ai una güeltecita –le dijo Peralta–, mientras yo mi arreglo; go, si te parece, entretenéte aquí viendo el pueblo, que tiene muy bonita divisa. Mirá aquel aguacatillo tan alto; trepáte a él pa que divisés a tu gusto”.
La Muerte, que es muy ágil, dió un brinco y se montó en una horqueta del aguacatillo; se echó la desjarretadera al hombro y se puso a divisar. “¡Dáte descanso, viejita, hasta qui a yo me dé la gana –le dijo Peralta– que ni Cristo, con toda su pionada, te baja d’es’horqueta!”.
Peralta cerró su puerta, y tomó el tole de siempre. Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año. Vinieron las virgüelas castellanas; vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso, y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.
Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego la gente fue colando en malicia qu’eso no pendía de los dotores sino di algotra cosa. El cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver a los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo mismito les sucedía a los sobrinos con los tíos solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De todas partes venían correos a preguntar si en el pueblo se morían los cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos qu’era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvió a misa ni a encomendarse a mi Dios.
Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscaos y confundidos, sin saber qué sería aquello tan particular. Ni un alma asomaba las narices por esos laos: aquello era la desocupez más triste. El Diablo determinó ponese en cura de la rasquiña que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por ai sentaíto en un banco, dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.
Pero viendo que la molienda seguía, cerró la puerta, se coló al Cielo y le dijo al Señor: “Maestro; toda la vida l’he servido con mucho gusto; pero ai l’entrego el destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui’hacer o saque algún recurso!”. Cristico y San Pedro se fueron por allá a un rincón a palabriase. Después de mucho secreteo, le dijo el Señor: “Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá a esi’hombre con harta mañita, pa ver si nos presta la muerte, porque si no nos embromamos”.
Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había caminao muy poquito, cuando s’encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigiara por los laos del Cielo, a ver si era que todas las almas s’estaban salvando. “¡Qué salvación ni qué demontres! –le dijo San Pedro–. ¡Si esto s’está acabando!”.
Esa misma noche, casi al amanecer, llovía agua a Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: “¡Abríme, Peraltica, por la Virgen, qu’es de mucha necesidá!”. Se levantó Peralta, y al abrir la puerta se topó mano a mano con el viejito, que le dijo: “Hombre; no vengo a que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro a que nos largués la muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún encierro!”. “Lo que menos, su Mercé –dijo Peralta–. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición de qui a yo no mi’haga nada”. “¡Contá conmigo!” –le dijo San Pedro–.
Apenitas aclarió salieron los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu’había padecido; el telarañero se l’enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu’estaba. Pero lo que más enjuria le daba a San Pedro era que parecía tuerta, porqui’un demontres diavispa había determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d’estar horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello más bien quedó medio decente. Apenas se vio andando recobró fuerza, y en un instantico volvió a amolar la desjarretadera... y tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba a comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende, di aquí pa’cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo a los vivos.
La Muerte si aplacó un poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como los vivos heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió a agarrarlos a todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en tanto tiempo. ¡Hijue pucha si’staba ricachón! ¡Ya no tenía ondi acomodala!
Pero cátatelo ai qui un día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso a pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu’era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fué qui apenitas se le presentó la Pelona cerró el ojo, estiró la pata y le dijo: “¡Matáme pues!”. ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!
Peralta s’encontró en un paraje muy feíto, parecido a una plaza. Voltió a ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego casi cerrao por las zarzas y los charrascales. “Ya sé aonde se va por ese camino –pensó Peralta–. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu’el otro lao!”. Y cogió. Y se fué topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de metese entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María Madre si había qué ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.
Peralta seguía a la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó a divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la Piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com’un avispero; y como toda la gente se iba colando a la cosa, Peralta se coló también. Comprendió qu’era el Infierno, por el jumero que salía de p’arriba y el candelón que salía de p’abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.
El se dentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fué a repuntar por allá a unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo’stán degollando, y si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li alzaban macho a toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y a cada golpe le gritaban los diablos a la señora: “¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita! ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu’enredés a las personas, vieja culebrona!”. Y a Peralta le dio tanta lástima que salió de güída.
De presto se zampó por una puerta muy anchona; y cuando menos acató, se topó en un salón muy grandote y muy altísimo que tenía hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No había nadie en el salón; pero por allá en la mitá se veía un trapo colgao a moda de tolda di arriero. Peralta si asomó con mucha mañita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colchón, dormido y como enfermoso y aburridón él. De presto se recordó; se enderezó, y a lo que vió a Peralta le dijo muy fanfarrón y arrogante: “¿Qué venís hacer aquí, culichupao? Vos no sos di aquí; ¡rumbati al momento!”. “Pues, como nadie mi atajó, yo me fuí colando, sin saber que me iba a topar con Su Mercé”, contestó Peralta con mucha moderación. “¿Quién sos vos?”, le dijo el Diablo. “Yo soy un pobrecito del mundo qui ando puaquí embolatao. Me dijeron qu’estaba en carrera de salvación, pero a yo no mi han recebido indagatoria ni nadie si ha metido con yo”.
Al momento le comprendió el Diablo qu’era alma del Purgatorio o del Cielo. ¡Figúresen, no entenderlo él, con toda la marrulla que tiene! Pero como los buenos modos sacan los cimarrones del monte, y la humildá agrada hasta al mismo Diablo, con ser tan soberbio, resultó que Peralta más bien le cayó en gracia, más bien le pareció sabrosito y querido. “¿Su Mercé está como enfermoso?”, le preguntó Peralta. “Sí, hombre –contestó Lucifer como muy aplacao–. Se mi han alborotao en estos días los achaques; y lo pior es que nadie viene a hacerme compañía, porqu’el mayordomo, los agregaos y toda la pionada no tienen tiempo ni de comer, con todo el trabajo que nos ha caído en estos días”. “Pues, si yo le puedo servir di algo a su Mercé –dijo Peralta haciéndose el lambón–, mándeme lo que quiera, qu’el gusto mío es servile a las personas”.
Y ai se fueron enredando en una conversa muy rasgada, hasta qu’el Diablo dijo que quería entretenerse en algo. “Pues, si su Mercé quiere que juguemos alguna cosita –dijo Peralta muy disimulao–, yo sé jugar toda laya de juegos; y en prueba d’ello es que mantengo mis útiles en el bolsico”. Y sacó la baraja y los daos. “Hombre, Peralta –dijo el Diablo–, lo malo es que vos no tenés qué ganarte, y yo no juego vicio”. “¿Cómo nu he de tener –dijo Peralta–, si yo tengo un alma como la de todos? Yo la juego con su Mercé, pues también soy muy vicioso. La juego contra cualquiera otra alma de la gente de su Mercé”. El Enemigo Malo, que ya le tenía ganas a esa almita de Peralta, tan linda y tan buenita, li aparó la caña al momentico.
Determinaron jugar tute, y le tocó dar al Diablo. Barajó muy ligero y con modos muy bonitos; alzó Peralta y principiaron a jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice: “¡Cuarenta, as y tres! ¡No la perderés por mal que la jugués!”. “¡Así será! –dijo el Diablo bastante picao–. Pero sigamos a ver qué resulta”. Pues, ¿qué había de resultar? Que Peralta se fué de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo a Peralta, con un tonito muy maluco: “¿Vos sos culebra echada go qué demonios?”. “¡Tanté, culebra! Lo que menos, su Mercé –le contestó Peralta con su humildá tan grande–. Antes en el mundo decían que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Mercé, que se desquita”. Siguieron; a la otra mano salió Peralta con tute de reyes. “¡Doblo!”, gritó Lucifer con un vozachón que retumbó por todo el Infierno. La cola se le paró; los cachos se le abrían y se le cerraban como los di un alacrán; los ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo más bizcornetos y horrendos; ¡y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero! “Doblemos”, dijo Peralta muy convenido. Ganó Peralta. “¡Doblo!”, gritó el Diablo.
Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: “¡Ya no más!”. Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudió a ver. ¡Cómo se quedarían de suspensos cuando vieron a su Amo y Señor llorando a moco tendido! Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo quedó tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parecía recién adotorao, dijo con tonito llorón: “¡Nunca me figuré que a mi Señor le diera pataleta!”. “¿Pero por qué no seguimos, su Mercé? –dijo Peralta como suplicando–. Es cierto que le he ganao más de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu’el Infierno está sin tocar”. “¡Cierto! –dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros–. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; ¡son mi familia, porque son las que más se parecen a yo!”. Siguió moquiando, y a un ratico le dijo a uno de sus edecanes: “¡ Andá, hombre, sacále a este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aquí”.
Como lo mandó el Patas, asina mismo se cumplió. Mientras qui’una vieja ñata se persina, fueron echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui a Peralta le parecía más particular era que, a conforme iban saliendo, s’iban poniendo más negras, más jediondas y más enjunecidas. Parecía como si a todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas a la vez, según los bramidos y la chillería. Sin nadie mandárselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo quedó en la pura tiniebla.
Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fué yendo muy despacio, hasta que s’encontró con los tuneros del caminito del Cielo. ¡Aquello era caminar y caminar, y no llegaba! El tuvo que pasar por puentes di un pelo que tenían muchas leguas; él tuvo que pasar la hilacha de la eternidá, que tan solamente Nuestro Señor, ¡por ser quien es, la ha podido medir! Pero a Peralta no le dió váguido, sino que siguió serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se topó en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por allá divisó a San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vió San Pedro, se le vino a la carrera, se le encaró y le dijo, midiéndole puño: “¡Quitá di aquí, so vagamundo! ¿Te parece que ti has portao muy bien y nos tenés muy contentos? ¡Si allá en la tierra no ti amasé fue porque no pude, pero aquí sí chupás!”. “¡No se fije en yo, viejito; fíjese en lo que viene por aquel lao! Vaya a ver cómo acomoda esa gentecita, y déjese de nojase”. Voltió a ver San Pedro, estiró bien la gaita y se puso la manito sobre las cejas, como pa vigiar mejor; y apenas entendió el enredo, pegó patas; abrió la puerta, la golvió a cerrar a la carrera y la trancó por dentro. Ni por ésas si agallinó Peralta, ni le coló cobardía, ni cavilosió qu’en el Cielo le fueran a meter machorrucio.
No bien se sintió San Pedro de puertas pa dentro corrió muy trabucao, y le hizo una señita al Señor. Bajó el Señor de su trono, y se toparon como en la mitá del Cielo, y agarraron a conversar en un secreto tan larguísimo que a toda la gente de la Corte Celestial le pañó la curiosidá. Bien comprendían toditos, por lo que manotiaba San Pedro y por lo desencajao qu’estaba, que la conversa era sobre cosa gorda, ¡pero muy gorda! Las santas, qui anque sea en el Cielo siempre son mujeres, pusieron los antiojos de larga vista pa ver qué sacaban en limpio. ¡Pero ni lo negro e’l’uña! El Señor, qui había estao muy sereno oyéndole las cosas a San Pedro, le dijo muy pasito a lo último: “¡En buena nos ha metido este Peralta! Pero eso no se puede de ninguna manera: los condenaos, condenaos se tienen que quedar por toda la eternidá. Andáte a tu puesto, que yo iré a ver cómo arreglamos esto.
No abrás la puerta; los que vayan viniendo los entrás por el postigo chiquito”.
Se volvió el Señor pa su trono, y a un ratico le hizo señas a un santo, apersonao él, vestido de curita, y con un bonetón muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le veía, porque de presto se puso descolorido y principió a meniase el bonete. A ésas le hizo el Señor otra seña a una santica qu’estaba por allá muy lejos, ojo con él; y la santica se vino muy modosa y muy contenta al llamao, y entró en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; también tenía bonete que le lucía mucho, y en la una mano una pluma de ganso muy grandota.
¡Esto sí fue lo que más embelecó a las otras santas! Por todos los balcones empezó a oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. ¡Pero nada que les valió! Figúrese qu’en ese momento salió un ángel muy grande con un atril muy lindo, y más detrás un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada a un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinterón di oro y piedras preciosas; y después salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por allá en un campito de lo más bueno un puesto como d’escribano. El cura y la monjita se fueron derecho a los tabretes, y cada cual se sentó. El angelito se quedó muy formal teniendo el tintero.
¡Valientes criaturas las de mi Dios! En esti angelito sí s’esmeró El: tenía la cabecita com’una piña di oro; era de lo más gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran más blancas qui una bretaña. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p’abajo un faldellín coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con unos caracoles y unas figuras de la pura perlería. Pero lo más lindo de todo, lo que más le lucía al demontres del angelito, era la cargadera de la vigüelita, qu’era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita también era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el ángel de la guarda de la monjita, y por eso ’staba tan confianzudo con ella.
La santica entró como en un alegato con el cura; pero a lo último, él se puso a relatar y ella a jalar pluma. ¡Esa sí era escribana! ¡Se le veía todo lo baquiana qu’era en esas cosas d’escribanía! Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y a conforme escribía, iba colgando por detrás de los trimotriles ésos, un papelón muy tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. Sólo mi Dios sabe el tiempo que gastó escribiendo, porque en el Cielo nu’hay reló. Por allá al mucho rato la monja echó una plumada muy larga, y le hizo seña al Señor de que ya había acabao.
No bien entendió el Señor, se paró en su trono, y dijo: “¡Toquen bando y que entre Peralta!”. Y principiaron a redoblar todas las tamboras del Cielo, y a desgajarse a los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca oído en ese paraje: porque ni San Joaquín, el agüelito del Señor, había oído nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta por allá en un rinconcito, mandó Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: “¡Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial nu’es cualquier cosa!”. Y después se voltió p’onde la monjita, y muy cariñoso, le dijo: “Leé vos el escrito, hijita, que tenés tan linda pronuncia”.
¡Caramba si la tenía! Esu’era como cuando los mozos montañeros agarran a tocar el capador; como cuando en las faldas echan a gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d’esta laya: “Nós, Tomás di Aquino y Teresa de Jesús, mayores d’edá, y del vecindario del Cielo, por mandato de Nuestro Señor, hemos venido a resolver un punto muy trabajoso...” tan trabajoso, tan sumamente trabajoso, que ni an siquiera se puede contar bien patente las retajilas tan lindas y tan bien empatadas escritas en la dichosa gaceta. ¡Hasta ai mecha la que tenían esos escribanos!
Ultimadamente el documento quería decir qu’era muy cierto que Peralta li había ganao al Enemigo Malo esa traquilada di almas con mucha legalidá y en juego muy limpio y muy decente; pero que, mas sin embargo, esas almas no podían colar al Cielo ni de chiripa, y que por eso tenían que quedasi afuera. Pero que, al mismo tiempo, como todas las cosas de Dios tenían remedio, esta cosa se podía arreglar sin que Peralta ni el Patas se llamaran a engaño. Y el arreglo era asina: que todas las glorias que debían haber ganao esas almas redimidas por Peralta si ajuntaran en una gloriona grande y se la metieran enterita a Peralta, qu’era el que l’había ganao con su puño. Y que la cosa del Infierno si arreglaba d’esta laya: qu’esos condenaos no volvían a las penas de las llamas sino a otro infierno de nuevo uso que valía lo mismo qu’el de candela. Y era este Infierno una indormia muy particular que sacaron de su cabeza el cura y la monjita. Esta indormia dizqu’era d’esta moda: que mi Dios echaba al mundo treinta y tres mil millones de cuerpos, y qu’esos cuerpos les metían adentro las almas que sacó Peralta de los profundos infiernos; y qu’estas almas, manque los taitas de los cuerpos creyeran qu’eran pal Cielo, ya’staban condenadas desde en vida; y que por eso no les alcanzaba el santo bautismo, porque ya la gracia de mi Dios no les valía, aunque el bautismo fuera de verdá; y que se morían los cuerpos, y volvían las almas a otros, y después a otros, y seguía la misma fiesta hasta el día del juicio; que di ai pendelante las ponían a voltiar en rueda en redondo del Infierno por secula seculorum amen.
Que por todo esto quizqu’es qui hay en este mundo una gente tan canóniga y tan mala, que goza tanto con el mal de los cristianos: porque ya son gente del Patas; y por eso es que se mantienen tan enjunecidos y padeciendo tantísimos tormentos sin candela. Estos quizque son los envidiosos. Y por eso quizque fue qu’el Enemigo Malo no quiso arriesgar las almas aquellas del Infierno, porqu’esas también eran d’envidiosos.
Peralta entendió muy bien entendido el relate, y muy contento que se puso, y muy verdá y muy buena que le pareció la inguandia. Pero este Peralta era tan sumamente parejo, que ni con todo el alegrón que tenía por dentro se le vio mover las pestañas de ternero: ai se quedó en su puesto como si no fuera con él. Pero de golpe se vio solo en la plaza del Cielo. ¡Hast’ai placitas!
Aquello era una cosa redonda, enladrillada con diamantes y piedras preciosas de toda color, qui hacían unas labores como los dechaos de las maestras. En redondo había una ringlera de pilas di oro que chorriaban agua florida y pachulí de la gloria; y cada una d’estas pilitas tenía su jardinera de cuantas flores Dios ha criao, pero toditas di oro y de plata. También era di oro y de plata el balconerío de la plaza; y al mismito frente de l’entrada, estaba el trono de la Santísima Trinidá. Era a modo de una custodia muy grandota, encaramada en unos escalones muy altos. En el redondel de la custoria estaban el Padre y el Hijo, y allá en la punta di arriba estaba prendido el Espíritu Santo, aliabierto y con el piquito de p’abajo. De la punta del piquito le salía un vaho di una luz mucho más alumbradora que la del sol, y esa luz se regaba y se desparpajaba por arriba y por abajo, de frente y por todos los costaos del Cielo, y todo relumbraba, y todo se ponía brilloso con aquella luminaria.
El Padre Eterno, qu’en todas las bullas de Peralta nu’había hablao palabra, se paró y dijo d’esta moda: “Peralta; escogé el puesto que querás. ¡Ninguno lu’ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humildá, porque vos sos la Caridá! Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao. Escogé el puesto. ¡No ti humillés más, que ya’stás ensalzao!”. Y entonaron todos los coros celestiales el trisagio d’Isaías, y Peralta, que todavía nu’había usao la virtú di achiquitase, se fue achiquitando, achiquitando, hasta volverse un Peraltica de tres pulgadas; y derechito, con la agilidá que tienen los bienaventuraos, se brincó al mundo que tiene el Padre en su diestra, si acomodó muy bien y si abrazó con la Cruz. ¡Allí está por toda l’Eternidá!
¡Botín colorao, perdone lo malo qui hubiera’stao!

Tomás Carraquilla Naranjo – Colombia

miércoles, agosto 25, 2004

Poema de Miguel Hernández en honor a Enrique Líster

"Líster, la vida, la cantera, el frío:tú, la vida, tus fuerzas como llamas,Teruel como un cadáver sobre el río.

La efusión de las piedras y las ramas,la vida derramando un vino rudocerca de aquel cadáver con escamas.

Aquel cadáver defendió su escudo,su muladar, su herrumbre, su leyenda:pero la vida prevalece y pudo."

La dulce animalidad de la esperanza

En estos extraños días en que mis concepciones dogmáticas se han venido revaluando por la fuerza implacable de los actos (nunca de los sentidos, valga la aclaración), la infame manía de dudar por todo, me llevó de vuelta a la voluntad de Schopenhauer, que yo creía ingenuamente superada; así que el destartalado coco que tengo encima de los hombros se estancó con un pensamiento barroco, pues de razonamientos nada, y mucho menos se dejaron alejar del sentimiento de estremecimientos... Así, ¿En qué afecta su aceptación a la fascinación y irreflexivo sentido del arrebato y el consecuente enamoramiento, a los cuales, después de todo, les podemos otorgar una validez en sí mismos (aunque no pesimista o misógina) aun si los aceptamos como subterfugios o máscaras del instinto animal?

martes, agosto 24, 2004

9 (nueve) razones para estudiar Derecho o Leyes

Cuando se toma la decisión de estudiar derecho o leyes, ocurre, según mí humilde opinión por varios motivos, algunos de ellos supremamente extraños, otros tan simpáticos o tan aterradores, que a la final, después de unos cuantos semestres o años en el estudio de la profesión, uno termina sin saber a ciencia cierta, la razón real por la cual entró a ella y empieza a disfrazar causas y a dilatar efectos.
Bien, uno puede llegar a pensar que estudia derecho porque “quiere cambiar el mundo, volverlo un lugar más justo”; también, porque los abogados son (desde el punto de vista ingenuo del adolescente) personas muy importantes, porque en las series y novelas de Tv se ven muy divertidos alegando, elegantes, en autos lujosos, con novias supermamasitas o en su defecto esposo perfectos y finalmente, haciendo justicia, porque son unos duros.
Pero la realidad a mí me mostró que en verdad la gente estudia dicha profesión por las siguientes razones:

1. Se es un utópico idealista que está convencido y no se piensa despertar del shock nunca, a pesar de los golpes de la vida.

2 Le fascina la pelea y hasta paga por ocupar el lugar de otro en medio de un tropel.

3. La ambición es su motor y el dinero es la única verdad que conoce más allá de sus laxos motivos morales, pues de ética no pretende aprender jamás.

4. Hambre de poder.

5. Al no tener la menor idea de matemáticas o de vocación en las ingenierías o economías, administración o cero de voluntad de mártir para las licenciaturas, no se ve otro camino.

6. Venganza; desea fieramente hacer “justicia” por algún evento que le ocurrió a lo largo de la vida y cree que por medio del uso de la ley se puede hacer.

7. Porque se considera una persona totalmente indefensa y no encuentra otra manera de defenderse de la sociedad.

8. Porque lo heredó, y su familia está plagada de abogados y prácticamente lo lleva en la sangre así ni uno mismo lo pueda comprender o lo desee.

9. Su novia (o) entró a estudiar de eso y como lo (a) ama tanto, no tiene más remedio para continuar la relación que seguirle.

Supongo que éstas no serán todas las rones por las cuales uno toma la decisión de entrar a cualquiera de las miles de facultades de derecho o leyes en el mundo, quizá existan muchas más, pero de lo que si estoy seguro, es que aquellos con los que yo estudié en alguna oportunidad leyes, por lo menos adolecía de alguna de éstas nueve razones y por ello digo lo que digo.
Muchos son los estudiantes que esperanzados entran a las filas de las universidades e institutos piratécnicos en post de un cartón que ratifique que tiene idea o conocen de la Ley, pero lo cierto es que muy pocos se gradúan; los desertores fuimos miles y solo los que son capaces de aguantar el ritmo antropófago de éste milenario rito mental, son aquellos que pueden afirmar que son verdaderamente abogados.
Así que antes de gastar mucho dinero en una facultad de la que pronto saldrán corriendo o echados, piensen muy bien en la firma que van a estampar en el contrato de matrícula, pues la decepción puede ser mayúscula, el tiempo es imposible echarlo atrás y quizá las heridas nunca sanen después de aquél periplo profundo por las tierras de las libertades y límites de la voluntad humana y al cavo de los años, uno descubra que debió haber estudiado o ser otra cosa muy diferente.
Pero por favor no se engañen, también existen abogados que así uno no crea, son hasta buenas personas, valientes y en realidad quiere y aman la justicia. Si usted es uno de los muchachos que acabé de nombrar, es decir, de los buenos, pues lo (a) felicito, merece todo mí respeto, y sino y, por el contrario es un artista de la trampa, piense bien en sus actitudes, que son las que miden el espíritu de los seres humanos y reflexione... quizá usted sea uno de los tantos miles de culpables de las razones porque los demás quieren estudiar derecho o leyes.

lunes, agosto 23, 2004

Cigüeñal

¿Quién conoce más la patria, sus recovecos y los rincones más interesantes? ¿Quién puede tener sus nacidos en Antioquia, Cauca, La Guajira y vivir con todos ellos en Ibagué?
Pues si señores, si pensaron que se trata de un camionero, tenían razón pero también pueden equivocarse; ese eterno nómada que lleva el correo, las frutas de cosecha, carros, repuestos para el Pc, ropa, los balones de fútbol para que los niños sean felices... en fin, tanta cosa que es imposible enumerarla toda, pero que ya es tan necesaria para nuestra sociedad, que a la final, ellos la transportan toda, pero con ayuda.
Pero como viajar solo, sin ayudante es un martirio, porque uno nunca sabe cuando se va a pinchar o algo puede pasar, se necesita un ayudante, un amigo, un hermano de cruzeta y bayetilla y así llegó a la vida de Flecha el señor Cigüeñal, una lluviosa tarde de enero de hace más de veintidós años en la ciudad de Pasto, cuando también su hijo nació.
Llegó como llegan todas las buenas intenciones, en los brazos de los amigos y con esa radiante fe en los ojos de que la vida, a pesar de lo dura que es, puede ser mejor.
Flecha, que por esos días, estaba algo aturdido por la inminente posición de saberse padre de familia, se vio embelezado frente aquél manojo de pelo amarillo, ojos cafés y orejas largas; no es que pensara más en él que en su hijo, sino que, hacía menos ruido a pesar de la caca y los orines, y en él no tenía puesta la esperanza del futuro, simplemente, le parecía simpático y con ello le bastaba.
Su esposa, al principio de negó a recibirle con el Encarte Amarillo, como lo llamó desde el primer momento que lo vio; pero al verlo caminar, irse de lado y caer dormido donde daba con sus huesos en el suelo, no hubo remedio, el Encarte Amarillo ganó. Y Flecha fue feliz, tenía dos hijos, un buen trabajo, aunque ruda era la situación, como siempre, afrontó la realidad con esperanza y sudor.
Tres días después del nacimiento de su hijo, el teléfono resonó en el diminuto apartamento en las afueras de uno de los tantos barrios residenciales de clase media de la ciudad y Flecha contestó animado, sabiendo que se trataba de trabajo. “pan y agua de panela para la familia, si señor...” se dijo mientras miraba al manojo de pelos amarillo acostado sobre el sofá de la casa y que aún no tenía nombre.
Luego de varios minutos de discutir el tipo de carga con su nuevo contratante y el cuidado que debía tener con ella (se trataba de artesanía y debía ser supremamente cuidadoso) empezó a llamar a los números más usuales de aquellos que podían ayudarle en el viaje hasta Bogotá, porque solo no iba ni a la esquina y mucho menos con elementos tan delicados en el furgón. Pero a todos los ayudantes que llamó, por motivos casi divinos, no aparecieron o simplemente ya estaban en rutas con otros conductores. La situación era grave, Flecha lo sabía, pero ¿qué podía hacer?
Comentó el problema con su señora, y ella, medio cansada pero animada por acabar de alimentar al bebé, le preguntó en tono de burla, “¿y por qué no te llevas a la cosa esa?” mientras señalaba el bultico de pelos amarillos que roncaba juiciosamente en la sala.
Él como buen bromista, aceptó la proposición solo para importunar un poco más el disgusto de su esposa que aún no se acostumbraba a la peluda compañía y así, se dio inicio a una de las sociedades anónimas más extrañas de las carreteras colombianas.
Con su morral al hombro, el muchacho peludo sin nombre y con cara de enredos, Flechas se apareció muy a las tres de la mañana siguiente en la gasolinería - parqueadero – restaurante de la señora Julia, donde él tenía estacionada su tracto mula Mack. Al principio nadie notó mayor cambio y tampoco cuando lo notaron dijeron mayor cosa, suponiendo que se trataba de una carga más, pero algo singular.
Pero con el paso de las manecillas del reloj, los colegas fueron acercándose a saludar y contar las últimas noticias, tanto de la vida como de las rutas, hasta que uno de ellos preguntó “¿Cómo se llama el perrito?”. Flecha, aturdido por la madrugada (es que se había dado unas vacaciones prudenciales para acompañar a su señora en el parto y luego ayudándola a recuperarse de él) y por la pregunta que ni él mismo se había molestado en resolver pues le tenía i cuidado, simplemente elevó sus hombros y a modo de murmullo repuso “Hummm”.
La asamblea para poner nombre al cachorro duró hasta el amanecer, lo cual retrasó los viajes, pero el motivo era realmente importante, pues había que bautizar al nuevo ayudante de Flecha. Mientras se tomaban cafesito, envueltos en ruanas y miraban el estado tanto de llantas como de los motores, la señora Julia sugirió que se le pusiera el nombre del presidente, en honor a las nuevas políticas de ayuda social, Camacho amigo personal de Flecha, propuso que se le pusiera General, pues e veía por las patas que el perrito iba a ser enorme, Carracas conductor desde que Flecha tenía memoria, se aproximó y dijo que el cachorro debía llamarse Tarzán, porque según él había escuchado decir un día a su patrón, a los Labradores les gustaba mucho el agua, Tomás Eneas, por su parte, planteó que el perrito debía llevar un nombre que tuviera que ver con el oficio que iba a desempeñar, así que cuando ya el reloj marcaba las cinco y media y el sol ya se empezaba a colar como lluvia dorada desde la cima del Galeras y le envolvía como manto divino de la vida, sin saber como, ni por culpa de quien, el perro terminó siendo llamado de modo unánime por la asamblea como Cigüeñal.
Cigüeñal aprendió a vivir en el camarote y a saltar con el tiempo a la silla de adelante, y cuando el vidrio de empañaba, él le pasaba sin que Flecha le dijera, la pañoleta y hasta saludaba con la cola a los amigos que se cruzaban por el camino.
Flecha nunca había sido amigo de hacer ruido con la corneta, pero después de la muerte de uno de sus colegas en una de las peligrosas curvas de la bajada de Caucasia, Cigüeñal aprendió para que era que servía la cuerda que colgaba del techo como una cuelga de ropa mojada. Así que cuando él, a lo lejos veía a algún conocido, ladraba para que Flecha saludara a sus amigos con la corneta, cosa a la que le tocó acceder porque el perrito no se callaba. Así pasaron algunos años y Flechas aprendió a viajar únicamente con Cigüeñal, quien además de ser compañía, ayudaba, sobre todo cuidando la carga, con sus cinco sentidos siempre alertas y le pasaba algunas herramientas con la sola mención de ellas por parte de Flecha.
Pero una tarde de invierno y niebla continua bajo arduo cansancio de uno de los viajes más largos que había realizado el dúo dinámico (apodo que se habían ganado en Bucaramanga), Cigüeñal vio a lo lejos un par de puntos luminosos que identificó con facilidad mientras se acercaban de nuevo a casa, es decir, a Pasto. La carretera estaba en muy mal estado y Flecha no pudo soltar el volante para saludar a su amigo que se acercaba lentamente y el perrito no paraba de ladrar; Flecha desesperado disgustado porque no podía escuchar ni sus pensamientos, increpó a Cigüeñal “¡Debías pitar tú!” obviamente sin esperar que el perrito se moviera de su puesto de copiloto.
Pero para sorpresa del conductor, Cigüeñal, con mucho cuidado se acercó hasta que casi le tocó, saltó verticalmente y con sus poderosos dientes haló de la cuerda y saltó dos veces más, dejándose caer con todos sus 29 kilos y la corneta cantó tres veces seguidas con toda fuerza del aire comprimido proveniente del viejo motor americano.
Nadie más que Flecha se dio cuenta de aquella hazaña tan particular y tampoco la comunicó más que a su esposa que después de cuatro años se había acostumbrado a la canina compañía y a los dos hijos que ahora forman la familia.
Para celebrar, esa noche, Flecha sirvió una Águila helada a Cigüeñal, quien en su vida había probado una cerveza.
Luego de una semana de reposo, la sociedad humano - canina volvió a las carreteras y en uno de los restaurantes del Valle, muy cerca de Tuluá, después de parar a almorzar, Cigüeñal olfateó una Águila en la mesa de al lado a donde él y Flecha degustaban de un buen sancocho valluno y se armó la de Troya.
Bueno, en cierta medida, la culpa la tenía Flecha, pero no comprendía porque Cigüeñal, ladraba y ladraba, y no dejaba de mirar a la mesa junto a ellos. Al principio, Flecha supuso que se debía a que a veces el perrito no se la llevaba muy bien con desconocidos, luego, imaginó que el ruido se debía a que había pan sobre la mesa, pero al mirar, se dio cuenta de que nada de ello podía ser, porque solo una botella medio vacía y ámbar dominaba el mantel blanco de cuadritos rojos. Hasta que al fin, luego de tres minutos en que casi todos los presentes perdieron la paciencia, Flecha cayó en cuenta de lo que sucedía al ver cómo el perrito se saboreaba los bigotes. Sin imaginar otra alternativa posible, pidió al desconcertado mesero que le pedía el favor de hacer callar a su peludo acompañante o que lo sacara del restaurante, una Águila bien fría y lo antes posible, en un platón. Por lo cual, Cigüeñal, hasta el último día en que vivió, siempre al terminar sus potentes almuerzos cañoneros de camino, tomaba una amarga muy fría o sino, tenía una muy mala tarde, en que no salía del camarote, así estuvieran pasando frente al hermoso mar Caribe, donde Cigüeñal se abandonaba al impulso de la olas, cual delfín jugando entre las olas. Una vez, en la Guajira, había capturado una tortuga en plena resaca, y se la había llevado a Flecha como presente, pero éste, alarmado, la devolvió a la mar, no sin antes explicarle al perrito que estaba mal cazar animalitos silvestres, cosa que Cigüeñal comprendió muy bien, porque solo volvió a perseguir gallinas cuando algún avicultor se descuidaba y terminaba Flecha con un presente emplumado en su camarote que ya no había forma de devolver, sino que había que pagar, cosa que solía ser bastante frecuente en Boyacá, donde el can hasta había aparecido con un marranito entre colgando de su hocico.
Pero como los años no pasan en vano y la vida avanza cruelmente, Cigüeñal se fue poniendo viejo y a sus catorce años había perdido ya algunos dientes en sus famosas correrías de gallinas campesinas, pero aún así, seguía como fiel copiloto de Flecha, que estaba a punto de ver graduarse a su hijo mayor del bachillerato y en una de las travesías por la montañosa Colombia, el dúo tuvo que pasar la Línea al anochecer, cosa que a ninguno de los dos le agradaba, pero el contrato había que cumplirlo o sino, se perdía un cliente.
Debían de ser las nueve de la noche cuando Flecha notó una gran india fila de carros, bueses, camiones, automóviles, camionetas y taxis interdepartamentales detenidos en la vía. La noche era oscura, no había estrellas que contemplar y el radio se había dañado hacía ya un par de días, por lo que Flecha supuso que por ello no se había enterado de algún trancón por culpa de un derrumbe o un accidente (Flecha le tenía pavor a los accidentes, en su vida de camionero había visto muchos, y algunos, en colegas colegas cercanos, así que se santiguó y rezó un padre nuestro pidiendo al señor que no se tratara de nada maluco) pero se equivocó. Al cavo de varios minutos de espera, junto al cabezote apareció un encapuchado portando una enorme ametralladora y apuntó directamente a Flecha, indicándole que bajara de la tracto mula. En más de veinte años de caminar por toda Colombia, nunca había tenido la mala suerte de caer en un retén o ser asaltado y en consecuencia, su pulso cardíaco subió a las nubes como si tratara de un cohete.
Bajó de un saltó y dejó la puerta abierta, y todo estuvo bien hasta que el criminal le asestó un golpe en la cabeza con la culata del arma al conductor, el cual cayó al piso mientras descubría que de su cráneo escurría un hilito de sangre. Detrás de la humanidad golpeada salió Cigüeñal a toda carrera, que en su vida nunca había atacado a alguien y saltó con todas sus fuerzas sobre la figura del sujeto que apuntaba a su amo y estaba descuidado limpiando la sangre que ensuciaba su juguete de muerte.
No ladró, simplemente se abalanzó sobre el agresor como un rayo, le clavó sus viejos colmillos en la mano derecha y le arrancó a la fuerza un dedo en el forcejeo, mientras los secuaces del ladrón se acercaron corriendo y disparando a diestra y siniestra.
Flecha, totalmente aturdido y asustado se tiró de cara al suelo y se tapó la cabeza con los brazos, mientras le gritaba a su perro que saliera corriendo, pero Cigüeñal, encarnizado en su batalla personal no tuvo tiempo de reaccionar y fue ultimado sobre el frío asfalto de la sinuosa carretera.

Si ustedes tiene la suerte de pasa por la carretera de la Línea, entre Tolima y Quindío, junto a la virgen de los camioneros casi llegando a la cima de la loma, encontrará una pequeña placa metálica que dice: “Aquí yace Cigüeñal, amigo fiel”, déjele una rosita en honor a la amistad, porque hay almas que siempre estarán con nosotros, así parezca que no sepan hablar.